El conclusionismo es una profesión no rentada y no oficial a través de la cual las personas hacen valer su libertad axiológica para arribar a una síntesis basándose en premisas formuladas deficientemente.
La primer adolescencia es la generalización constante de un cúmulo de accidentes propios de la premisa que, antes de ser generalizados por el Conclusionista, debieran ser primeramente estudiados con detenimiento. El ejemplo más claro para ilustrarlo es el de la corrupción política la que, por su trascendencia y su daño público, es el fenómeno más común a todos y del cual existen concepciones preestablecidas, la mayoría devenidas sustancialmente de generalizaciones. Para analizar una síntesis así debemos escrutar los componentes activos de sus premisas: la política y la corrupción. Por más que aparezcan como sinónimos en el lenguaje cotidiano, en su esencia práctica y en la filosófica están bien diferenciadas. En tanto la primera es una herramienta para transformar la realidad, ya sea con las herramientas del Estado o sin ellas, con un partido político detrás o sin él; la segunda es una imperfección moral que surge como la falta de adhesión práctica a una ética de lo que es correcto en base a los valores culturales de un tiempo histórico. El matrimonio de éstas dos acciones se establece en un sector de la psique humana en el cual los hechos de negociados despreciables suscitados en ámbitos políticos realizan el maridaje especial de un caldo de cultivo pronto a florecer: la generalización.
La identificación del Conclusionista está marcada principalmente por el empleo de frases que acuden necesariamente a lugares comunes de los análisis. Ponderar facultades disminuidas, inmoralidades en la escala de valores y proyecciones de futuros oscuros son las primeras paradas de éste tren de viajeros ligeros. Las enmiendas irán apareciendo a medida que se escrute con cautela la hermenéutica en la unión de las premisas.
Abordar cualquier conclusión es una tarea ardua, sobre todo cuando está dominada de frases trilladas que son propias de pretendidos saberes culturales. Y he aquí que la primera diferencia habrá de ser cultural, es decir, habrán de ser aquellas que nos diferencien culturalmente con quien emite la conclusión. Aunque el término 'cultura' no está empleado aquí como una herencia de nacimiento o una práctica social, sino aludiendo al cultivo personal en cuanto a las herramientas adquiridas y la información tenida en cuenta para ser analizada. De suyo, la información no es el principal objeto a notificar como impreciso. Quien es Conclusionista no se arroga información exclusiva salvo que sea un especialista, y aún así la interpretación de dichos datos estará permeado necesariamente de las herramientas con las que cuente a la hora de realizar su análisis. Por esa razón debieramos detenernos primero en las herramientas entendidas como conceptos de actividades y experiencias sobre las mismas. Así, sin labor política es muy difícil entender de lo que la misma trata y lo que ella implica. Sólo a través de un prejuicio es cómo podríamos entenderla sin practicarla y son justamente los prejuicios lo que estamos tratando de evitar.
Las generaciones traen consigo construcciones colectivas que hacen a su cultura. Hay generaciones más cautelosas con el dinero y también hay aquellas en las que no es primordial su obtención, que priorizan las experiencias antes que ciertas seguridades económicas. Hay generaciones cuya concepción del matrimonio es central en las proyecciones a futuro, como así también las hay aquellas que se desvisten de las formas legales y sociales para subsistir. Con una semejanza asombrosa a los dogmas religiosos, las concepciones colectivas de ciertas actividades no son sometidas al método científico ya sea por tradición o por terquedad, olvidando que la evolución de la inteligencia está marcada primeramente por la unión de lecturas realizadas sobre distintos sucesos o ideas que aparentemente no tienen conexión entre sí. Esa apariencia de relación, esa duda, es silenciada por el dogmatismo que actúa como puente lógico vicioso derivando a la actividad intelectiva a una ruleta de rojos y negros donde sólo puede dominar la suerte en la más aleatoria de sus versiones. La falta de crisis intelectuales colectivas es lo que realmente provoca las crisis morales y sociales.
Ésta conclusión es muy útil como la autopsia de una idiosincrasia que ya decae de forma tremenda, pero cuya caída debe ser también dominada y dirigida, pues son éstas las oportunidades que esperan los absolutistas del intelecto para determinar que tienen razón por la fuerza, volcándose así a la tarea de hacerse de las herramientas políticas para retornar al dogma y a las concepciones viciadas de furia social.
El Conclusionista toma las herramientas que su tiempo histórico le proporcionó y las emplea en un único sentido: condenar o alabar las cosas y los sucesos. Así, quien se encuentra inmerso en ésta corriente tendrá rápidamente respuestas para lo que sucede y lo rodea. Sin creernos Descartes, y fundamentalmente sin creernos iluminados por ello, podemos dudar de conclusiones y síntesis a las que arriba alguien que sólo ha pretendido encontrar en el mundo lo que lo hace injusto e inmoral, principalmente cuando su primera tarea no ha sido analizar el mundo sino las consecuencias del mismo. Los Conclusionistas son fundamentalmente analizadores de consecuencias, rara vez se encontrará con uno de ellos analizando causas. La naturaleza misma de la causa, para ser entendida como tal, requiere de un análisis tanto más profundo que el que realizamos exteriormente al analizar la tarea política. Porque, por ejemplo, para analizar la corrupción hemos de adentrarnos en nosotros mismos para reconocernos primero como parte de ese fenómeno (tal vez en una medida con un impacto menos general, aunque no por ello menos válido) tratando de extrapolar nuestras experiencias y sentires ante el fenómeno de ser o haber sido alguna vez, corrompido. En éste análisis no hay rescate, no hay justificaciones ni confesiones que vuelvan el cuenta kilómetros a cero. Si se tiene fe cristiana, sólo esperen perdón de Dios. Es ahí, donde anida lo peor, donde da miedo pararse a mirar, donde asechan vergüenzas y errores: el lugar donde se alimenta ese impulso corrupto. Pero es necesario llegar hasta ahí para hacerse notar que es algo que le sucede a todos en algún momento y no partícipe de una única actividad, sea ésta social, ilegal o personal. No se puede separar así como así algo intrínseco y sustancial al ser humano para sacarlo de la órbita personal, endilgárselo a alguien o algo más y separarse de eso a lo que acusaron. ¿Qué buscan? ¿La pulcritud? ¿O permanecer pulcros como eran?... Nadie lo fue nunca, ni lo será, porque somos seres humanos y porque es parte nuestra. Mentirse así sólo desvía el camino.
Estamos entonces ante una inteligencia permeada del enojo propio de una etapa adolescente, en la cual sólo la victimización y los intentos de llamar de atención permanentemente son el princpial combustible semi racional para encarar un análisis de premisas y llegar así a una síntesis. No ha de negarse la presencia de un espíritu corrupto en todas las actividades del ser humano, pues no conozco ninguna actividad que no pudiera ser fácilmente encasillada y maridada con éste espíritu. El vicio de la inteligencia radica en la generalización que logra arribar a conclusiones ineluctables a las cuales sólo es posible acceder si se tiene el tiempo suficiente para querer arruinarse el humor diario; aunque es parecer mío que se hace para no quedar fuera de las concepciones sobre una sociedad que cada persona se enorgullece de portar y ser por ello (aparentemente) sometido a un ostracismo de irracionalidades. Encontrándose ante éste fenómeno y reconocerlo cuando sucede nos dará la pauta de cuan común es un vicio en la inteligencia y qué tan fácil es identificarlo, pues habrán de pensar primero como si fueran adolescentes con desórdenes anímicos y afectivos que intentan limpiar el vidrio sucio a golpes. No lograron comprender que no hay arreglo a la suciedad si no es limpiando. Es por ello que las herramientas adquiridas por la cultura del tiempo histórico en que se vive pueden ser negadas y mal empleadas para intentar sostener una ficción de inteligencia, a los fines de no encontrarse disminuídos en sus individualidades.
No será el soñador quien encarne éste papel Conclusionista, pues éste porta consigo la carga positiva que desconoce el Conclusionista, a quien sólo le interesa una síntesis que le permita dominar lo que le rodea, para dominar así también lo que pueda venir. Habiendo concluído ya de qué se trata, lo que suceda podrá ser previsto y resuelto durante la ducha matutina o en la sobremesa dominical. Comparten parientes con los adherentes a las verdades reveladas, pero se revelan ante ellos también, porque el clamor es no pertenecer a nada en absoluto en una pretendida explicación tácita de libertad personal.
Aunque aún no hayan analizado a la libertad, la conclusión es considerarse impoluto e inexpugnable frente a la realidad. Aplaudiendo gestos burdos, encuentran en lo que les es común a otras personas una suerte de repulsión vomitiva. Ya lo hemos dicho: no pertenecen. Y aunque no afirman lo que son, se definen desde lo que no son, cual budistas del posmodernismo social, haciendo piruetas para evitar que se piense mal de ellos, ya sea al relacionarlos con actividades que condenan o encontrando a través de los respectivos análisis las falencias de inteligencia de las cuales están repletas sus conclusiones. Así, verá que quien se enfrenta e éstas situaciones, encontrará un enojo permanente del escrutinio sobre sus premisas.
Todo este andamiaje intelectual de proporciones catastróficas cuando es empleado de forma constante, está hoy en franco enfrentamiento. Hay frente a él varias concepciones, también fruto de la intelectualidad, pero que anidan en sentimientos colectivos y con mucha menos hipocresía adolescente. No existe, como han pretendido los defensores de las conclusiones arribadas por Conclusionistas, un sólo rival intelectual al aparato vicioso de inteligencia idiotizada y exteriorizante de problemas morales. Frente a los hipócritas del intelecto están aquellos que habrán de dominar su inteligencia con generosidad humana, de ellos depende la creatividad frente a la velocidad de las conclusiones del Conclusionista. No habrán en éste análisis futuros negros, inmoralidades animalizadas ni salvadores de la humanidad que no sean parte de las circunstancias que los rodean. Pues quien se adentra en éste terreno habrá de jugar al Rugby un día de lluvia: pasando la pelota a los que vienen detrás y embarrándose hasta los dientes. El Conclusionista estará en la tribuna, sosteniendo alguna verdad variopinta sobre el Golf, intentando hacer creer que algo es mejor que otra cosa por la falta de barro en la cancha, pero también creyendo que es jugador de Rugby... y que lo hace mejor que los que están dentro de la cancha.
Hay dualidades en un mundo que sólo es dual para poder entenderlo, pero no se puede reducirlo a ello para explicarlo.
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