Las conversaciones rondaron en torno a un buen sujeto que se defendió de tres asaltantes utilizando una espada propia de la práctica de artes marciales, produciéndoles lesiones y tajos varios. Incendiada por la imagen de un Peugeot 206 con salpicaduras de sangre, la noticia explotó en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas. Así, pude escuchar interpretaciones aleccionadoras de lo sucedido y también arengas para el aumento de penas para todos los delitos contra la propiedad, proponiendo el encarcelamiento directo de quien se apoderare ilegítimamente de una cosa total o parcialmente ajena. No comparto la visión de que el accionar del espadachín sea aleccionador para el resto de la comunidad de rateros y ladrones. No lo fueron los linchamientos que terminaron con un delincuente muerto a golpes luego de ser aprehendido por haberle arrebatado la cartera a una mujer mayor. Si hacemos caso a los pesimistas de la realidad, la intención de criminalidad no ha descendido aún cuando hechos de Justicia Propietaria como los descriptos sucedan; de hecho, quien se dedique habitualmente a delinquir los considera como un "riesgo" propio de la "profesión". Digo: salen con armas para torcer la voluntad del propietario la que, obviamente, es no desprenderse de sus cosas.
No existe certeza que de ésta manera se vaya a acabar con el delito, así como se ha comprobado que haciéndolo de la forma en que se venía haciendo tampoco se produce disminución alguna. Dado que el análisis que pretende justificar éstos procederes redunda únicamente en cuestiones volitivas maléficas de malhechores, y se apela a un darwinismo-naturalista-freudiano que, transplantando egoísmos, logra una empatía viciosa con una persona para otorgarle características propias de un ser despreciable, habilitan filosóficamente la imposición de un castigo para-legal que enmiende los daños sufridos.
Siendo el daño de índole particular, uno de los vectores de justificación anida en una pretensión de saneamiento social. Abrazando éstos procederes, casi que estaríamos realizando políticas de salud pública al erradicar comportamientos y costumbres que pueden llevar a la muerte, como lo es un asalto a mano armada, haciendo de ésta una sociedad más justa. Pero las ramificaciones continúan: asume quien ejerce la violencia de ésta manera ante éstos hechos un rol docente al añadir la pretensión de enseñar a golpes de puño, patadas, gritos e insultos lo que es tolerable y lo que no. El delito no lo es y así se enseña y se ejemplifica. De suyo, la sociedad que hace propios estos modos nos estaría dejando ante una sociedad docente dispuesta a enseñar "lo que se debe hacer".
En un racconto rápido, estos procederes asumen roles propios del Estado (con distinta justificación): políticas de saneamiento, docencia de comportamiento, prevención urbana primaria y castigo ante el ilícito. Es tentador concluír que es una postura muy completa en sus metas, pues aún formulando precariamente sus argumentaciones abarca una muy amplia gama de conflictos sociales. Una sola solución para todo.
Sin necesidad de inmiscuirse en cuestiones históricas, es decir, sin traer al debate lo que la historia ha reflejado en sus compilaciones acerca de la violencia ejercida de ésta manera, la aplicación inmediata de determinaciones violentas resultaría no sólo ejemplificadora sino también formadora. Formaría una consciencia de consecuencias terribles frente a la comisión de un ilícito y el ser aprehendido. Podríamos pensar que quien delinque, a la vista de la determinación, va a empezar a tomar mayores precauciones a la hora de realizar sus fechorías a la sazón de pretender por todos los medios de no ser atrapado. Dado que de caer en manos de la justicia planteada de seguro le espera la cárcel o la muerte a manos de justicieros propietarios y/o solidarizados. Así, estamos en un brete más que interesante: quien pretende apoderarse de algo debe asegurarse antes que nada de que su escape sea exitoso, a toda costa, si no quiere ser objeto de la furia propietaria.
Éste proceder y éstas acciones estarían al alcance de cualquier avenida principal de cualquier ciudad que no por muy transitada signifique menor probabilidad de ilícitos. Estaría así a la vista de todos: familias que pasan su día en una heladería cercana, mujeres, niños, adolescentes y ancianos que serían testigos de la arrogada potestad aleccionadora de la Justicia Propietaria. Semejante cuadro de sangre, gritos, insultos, corridas y golpes han de ser la escuela social de quienes están allí como espectadores (y también de los que lo miren por televisión cuando alguien lo grabó con su celular), aún cuando muchos decidan sumarse a la violencia justiciera. Sin embargo, no sería una locura pensar que habría quienes no estén de acuerdo con sumarse a la golpiza y alejarse de allí; así como tampoco sería una locura creer que alguien se oponga con el argumento de la presencia de menores en el mismo lugar donde se desarrollan los hechos. Así, la Justicia Propietaria estaría aleccionando también a los espectadores, y por qué no, permitiendo que practiquen sus puñetazos, patadas e insultos a quienes son partidarios de dichas prácticas.
Lo neurálgico a entender en éste asunto es la reacción frente a un hecho de la vida cotidiana, pero también acorralar al intelecto justificante y hacerle conocer el hecho mismo y su ejecutor. No será fácil acabar en el mismo callejón: nadie pretende enfrentarse a aquél que toma lo que no es propio y tiene posesiones más que suficientes, medios de defensa calificados y amigos en el poder que pueden hacer girar la mirada del Estado hacia otro lado. Se enfrentan a aquél que una vez cometido el ilícito puede ser aplastado por el aparato punitivo sin privilegio alguno, pues no es central su existencia para el sostén de nadie, ni aún de su familia (aparentemente). Todavía esperarán algunos preocuparse e indignarse cuando quien ingresó a la cárcel por un ilícito contra la propiedad sale con una alternativa laboral. O peor aún, trabaja dentro de la cárcel y cobra una remuneración por ello.
Si es eso lo que pretendemos, es decir, un estado mental salvaje que reaccione violentamente ante lo que sucede con su propiedad, entonces empecemos ese camino. Porque soñar todavía es gratis. Pero no supongamos que alguien habrá de oír las lamentaciones de los que legitimaron la violencia como método de control eficiente.
Habemos quienes todavía esperamos que quienes sostuvieron como festiva la muerte de un ratero en la ciudad de Rosario, encarguen sus pensamientos a su moral justificante. Ante la humanidad misma no hará falta, no es su humanidad la que piensa.



