viernes, 31 de julio de 2015

Furia Propietaria

Llamativas conversaciones he tenido últimamente. En realidad, de hecho, más que conversaciones han sido escuchas. Poco y nada intervine en las alocuciones que presenciaba y prácticamente no emití juicio alguno sobre lo que estaba escuchando. Al menos no abiertamente. Sólo tomé la decisión de no intervenir en éstas, aún cuando lo que esté escuchando repugne a mi consciencia o a mis convicciones. De esta forma, logré llevarme suficiente tarea para la casa, al punto de que todavía no logré procesarla del todo. Éstas líneas no son más que un esbozo primario de un pensamiento que, probablemente, no termine de desarrollarse por un tiempo más.

Las conversaciones rondaron en torno a un buen sujeto que se defendió de tres asaltantes utilizando una espada propia de la práctica de artes marciales, produciéndoles lesiones y tajos varios. Incendiada por la imagen de un Peugeot 206 con salpicaduras de sangre, la noticia explotó en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas. Así, pude escuchar interpretaciones aleccionadoras de lo sucedido y también arengas para el aumento de penas para todos los delitos contra la propiedad, proponiendo el encarcelamiento directo de quien se apoderare ilegítimamente de una cosa total o parcialmente ajena. No comparto la visión de que el accionar del espadachín sea aleccionador para el resto de la comunidad de rateros y ladrones. No lo fueron los linchamientos que terminaron con un delincuente muerto a golpes luego de ser aprehendido por haberle arrebatado la cartera a una mujer mayor. Si hacemos caso a los pesimistas de la realidad, la intención de criminalidad no ha descendido aún cuando hechos de Justicia Propietaria como los descriptos sucedan; de hecho, quien se dedique habitualmente a delinquir los considera como un "riesgo" propio de la "profesión". Digo: salen con armas para torcer la voluntad del propietario la que, obviamente, es no desprenderse de sus cosas.



La aplicación inmediata de una Justicia Propietaria, entendida como aquella ejercida directamente por quien es desposeído de su propiedad sin justa causa de forma violenta o no, habilitaría canales no institucionales de resolución de conflictos. Hablando teóricamente, el Estado debería intervenir únicamente cuando el ejercicio de la potestad justiciera haya finalizado satisfactoriamente, sea cual sea el resultado. Tomar lo que quede y hacer con ello lo que marca la ley: si aún vive, deberá cumplir la pena de cárcel correspondiente; si murió, habrá que comunicárselo a la familia para que lo entierren.

No existe certeza que de ésta manera se vaya a acabar con el delito, así como se ha comprobado que haciéndolo de la forma en que se venía haciendo tampoco se produce disminución alguna. Dado que el análisis que pretende justificar éstos procederes redunda únicamente en cuestiones volitivas maléficas de malhechores, y se apela a un darwinismo-naturalista-freudiano que, transplantando egoísmos, logra una empatía viciosa con una persona para otorgarle características propias de un ser despreciable, habilitan filosóficamente la imposición de un castigo para-legal que enmiende los daños sufridos.

Siendo el daño de índole particular, uno de los vectores de justificación anida en una pretensión de saneamiento social. Abrazando éstos procederes, casi que estaríamos realizando políticas de salud pública al erradicar comportamientos y costumbres que pueden llevar a la muerte, como lo es un asalto a mano armada, haciendo de ésta una sociedad más justa. Pero las ramificaciones continúan: asume quien ejerce la violencia de ésta manera ante éstos hechos un rol docente al añadir la pretensión de enseñar a golpes de puño, patadas, gritos e insultos lo que es tolerable y lo que no. El delito no lo es y así se enseña y se ejemplifica. De suyo, la sociedad que hace propios estos modos nos estaría dejando ante una sociedad docente dispuesta a enseñar "lo que se debe hacer".

En un racconto rápido, estos procederes asumen roles propios del Estado (con distinta justificación): políticas de saneamiento, docencia de comportamiento, prevención urbana primaria y castigo ante el ilícito. Es tentador concluír que es una postura muy completa en sus metas, pues aún formulando precariamente sus argumentaciones abarca una muy amplia gama de conflictos sociales. Una sola solución para todo. 

Sin necesidad de inmiscuirse en cuestiones históricas, es decir, sin traer al debate lo que la historia ha reflejado en sus compilaciones acerca de la violencia ejercida de ésta manera, la aplicación inmediata de determinaciones violentas resultaría no sólo ejemplificadora sino también formadora. Formaría una consciencia de consecuencias terribles frente a la comisión de un ilícito y el ser aprehendido. Podríamos pensar que quien delinque, a la vista de la determinación, va a empezar a tomar mayores precauciones a la hora de realizar sus fechorías a la sazón de pretender por todos los medios de no ser atrapado. Dado que de caer en manos de la justicia planteada de seguro le espera la cárcel o la muerte a manos de justicieros propietarios y/o solidarizados. Así, estamos en un brete más que interesante: quien pretende apoderarse de algo debe asegurarse antes que nada de que su escape sea exitoso, a toda costa, si no quiere ser objeto de la furia propietaria.

Éste proceder y éstas acciones estarían al alcance de cualquier avenida principal de cualquier ciudad que no por muy transitada signifique menor probabilidad de ilícitos. Estaría así a la vista de todos: familias que pasan su día en una heladería cercana, mujeres, niños, adolescentes y ancianos que serían testigos de la arrogada potestad aleccionadora de la Justicia Propietaria. Semejante cuadro de sangre, gritos, insultos, corridas y golpes han de ser la escuela social de quienes están allí como espectadores (y también de los que lo miren por televisión cuando alguien lo grabó con su celular), aún cuando muchos decidan sumarse a la violencia justiciera. Sin embargo, no sería una locura pensar que habría quienes no estén de acuerdo con sumarse a la golpiza y alejarse de allí; así como tampoco sería una locura creer que alguien se oponga con el argumento de la presencia de menores en el mismo lugar donde se desarrollan los hechos. Así, la Justicia Propietaria estaría aleccionando también a los espectadores, y por qué no, permitiendo que practiquen sus puñetazos, patadas e insultos a quienes son partidarios de dichas prácticas.

Lo neurálgico a entender en éste asunto es la reacción frente a un hecho de la vida cotidiana, pero también acorralar al intelecto justificante y hacerle conocer el hecho mismo y su ejecutor. No será fácil acabar en el mismo callejón: nadie pretende enfrentarse a aquél que toma lo que no es propio y tiene posesiones más que suficientes, medios de defensa calificados y amigos en el poder que pueden hacer girar la mirada del Estado hacia otro lado. Se enfrentan a aquél que una vez cometido el ilícito puede ser aplastado por el aparato punitivo sin privilegio alguno, pues no es central su existencia para el sostén de nadie, ni aún de su familia (aparentemente). Todavía esperarán algunos preocuparse e indignarse cuando quien ingresó a la cárcel por un ilícito contra la propiedad sale con una alternativa laboral. O peor aún, trabaja dentro de la cárcel y cobra una remuneración por ello.

Si es eso lo que pretendemos, es decir, un estado mental salvaje que reaccione violentamente ante lo que sucede con su propiedad, entonces empecemos ese camino.  Porque soñar todavía es gratis. Pero no supongamos que alguien habrá de oír las lamentaciones de los que legitimaron la violencia como método de control eficiente. 



Habemos quienes todavía esperamos que quienes sostuvieron como festiva la muerte de un ratero en la ciudad de Rosario, encarguen sus pensamientos a su moral justificante. Ante la humanidad misma no hará falta, no es su humanidad la que piensa.


jueves, 23 de julio de 2015

Análisis Objetivo


No soy objetivo ni pretendo serlo. Niego rotundamente mi participación en alguno de esos injertos de la inteligencia de opinión que se ha denominado, sin humanidad alguna, un "análisis objetivo". La expresión en sí misma es una muestra más de la hipocresía y las ficciones que han debido crear los hijos de puta, a la hora de emitir una opinión, para desligarse de las creaciones intelectivas de su cabeza. Tras el manto de lo que han debido inventar y llamar "análisis objetivos" se esconden miserias humanas, mezquindades sociales y desviaciones conceptuales que intentan ser justificadas al manifestar libremente que sólo a través de considerar a las personas y a las situaciones de manera deshumanizada se logra una mejor comprensión de la realidad. 

El adjetivo de 'objetivo' pareciera despojar al pensamiento emitido de todo prejuicio o dogma. Y aunque en la teoría así debiera de ser, el empleo retórico de la expresión no hace más que intentar desligar una falencia discursiva para lograr efectividad sin fundamentación. Una muestra palpable de la brutalidad que supone éste pensamiento se evidencia en la necesidad de construir un término y pretender pasarlo como si proviniera de Dios, pues su carácter sólo parece verdadero en la medida en que la procedencia de objetividad de la que habla estuviera logrando ser impoluta; pues la forma en que redactaron la expresión ha hecho pensar que algo tan humano como el lenguaje no es subjetivo. 

La actividad analítica es imperiosamente subjetiva.

Sabemos que no hacemos otra cosa que interpretar hechos. No sólo lo sabemos, es prácticamente una habilidad natural de los seres racionales. Pues aún no teniendo conocimiento o no habiendo tomado consciencia de ello subsistimos, decidimos, proyectamos y capitulamos frente a la realidad porque podemos hacer en nuestros cerebros lo que queramos sea nuestra intención sobre esos hechos. Podemos transformarlos en sensaciones agradables al considerarlos como hechos buenos. Y podemos hacer lo opuesto también, con la misma facilidad.

Habrá de desterrarse de la idiosincrasia intelectual todo aquello que deshumanice lo que nos rodea, poniendo en su lugar los análisis en términos subjetivos. Así, relacionando lo que sucede con los seres humanos antes que con las ciencias deontológicas hipócritas, es probable alcanzar un entendimiento más acabado y más perfecto ante lo que sucede. 

Analizar un ser humano como un costo, como un disvalor, como una inmoralidad existencial es propio de los cabrones que aprendieron de memoria conceptos propios de una ciencia asesina de los caracteres humanos.

Alejando los caracteres que les hacen personas, ésta gente amiga de las academias de justificaciones de hijaputeces, logra transformar una situación injusta o cruel en algo concordante con una definición académica, en una aparente coincidencia con la panacea. 

No existe intercambio de ideas cuando no hay ideas. Los moldes de recursos retóricos como éste desaprenden la humanidad misma, evitando profundidad alguna.

Océanos de conocimiento de 1cm de profundidad...


domingo, 19 de julio de 2015

Barrabravas como organización

Es común vincular a la actividad barrabrava con la ilegalidad. A pesar de ser un nombre dado a ellos antes que una denominación otorgada, refleja claramente lo que se ha dado en la mayoría de los casos que han salido a la luz.

Ser barrabrava implica tener negocios con la dirigencia del club: hacerse de entradas para la reventa, obteniendo así financiamiento; conseguir el favor de los dirigentes para que ciertas leyes no les sean aplicables, pudiendo sortear controles; algunos de ellos hasta son empleados del mismo club. Pero también es la fuerza de choque de la institución. Se enfrentan a hinchadas rivales o aprietan jugadores, árbitros, rivales o hinchas del propio club.

Sin embargo, no es la dinámica delictiva de la organización la que me lleva a escribir. Sino el fenómeno de organización. La estructura armada para poder financiarse, viajar, aunar voluntades en pos del objetivo común: seguir al equipo.
La demonización de éstos procesos de organización, empezando por el nombre que les es otorgado, logra que cualquier acción conjunta por parte de los hinchas de un club que no esté encuadrada dentro de las normas institucionales previstas sea considerada, a priori, como delictiva. Existe una relación intelectual directa, creada por la repetición de un estereotipo en los medios de comunicación, para vincular las actividades de hinchas de fútbol con hechos deplorables.

No es mi intención afirmar la santidad de estas agrupaciones, sino defender la actividad de agrupamiento para la resolución de conflictos y la obtención de metas comunes. Es importante en este punto, divorciar el proceso de agrupamiento colectivo en pos de una idea o una intención, de la deformación del mismo proceso hacia una actividad delictiva. Hacer un fuerte hincapié en dicho divorcio que desde la lingüística ya viene claramente marcado: barrabrava=delincuencia.

El cambio cultural del paso de la criminalización de estas agrupaciones a la aceptación del mismo deberá venir de afuera del ámbito futbolístico. Como puede verse, aún fuera de ese ámbito la criminalización, banalización y condena de la actividad comunitaria llega a las esferas políticas: los movimientos políticos suscitan los mismos condicionamientos y bemoles.

La repetición del estereotipo logra condenar el proceso de agrupación, dado que no existe sobre la barrabrava de ningún club historia buena que contar. Y es muy probable que eso sea intencionado. Y es en ese convencimiento de que existe una intención, no necesariamente maligna, de que éstos procesos permanezcan soslayados.

La verdadera condena recae sobre el agrupamiento, sobre la organización popular, sobre muchos marginados juntos, sobre la posibilidad de que amplíen los límites de su organización. Ese miedo está presente en los medios y en los procesos intelectuales de los espantados, que se repiten en todos los ámbitos en los cuales escapa de su control la posibilidad de conocer, ya sea por desidia propia o por ignorancia inducida.

miércoles, 15 de julio de 2015

Lo no domesticado.


Hay una infinidad de asuntos en los cuales no tenemos la más mínima incidencia, y que son trascendentales. Podemos administrar el tiempo, pero jamás dominarlo. Así mismo, con la vida.

Somos meros administradores de algo que tiende a perecer. Algo tan grande escapa a las manos de todos. Luego, cuando el fruto del miedo al 'qué pasará una vez que la vida acabe' nos lleve a crear o inventar algo más grande, con atributos trascendentales y las mismas mezquindades que el peor ser humano, no será de extrañar que los desvaríos coloquen los pensamientos cerca de la idea del Dios celoso y vengativo. Es una forma más de defenderse. De que alguien más sea también responsable. La culpa consciente y el tránsito solitario de ella deja profundas cicatrices; no suele ser una experiencia agradable, aún cuando su tránsito aleccione en muchos aspectos. 

La suma de toso los miedos resulta en fantasías. Y nada como otra fantasía para controlar a las matemáticas de los asustados.

Para defendernos de la vida debimos crear el tiempo. Para defendernos del tiempo debimos crear a Dios.

Y al fin, la existencia misma es el enemigo.

De allí el amor a los enemigos.

miércoles, 8 de julio de 2015

Griegos contra todos

Una nueva forma de democracia asoma. Una que toma por costumbre enfrentarse a los centros de poder declarando de manera pública su soberanía democrática, sometiendo las acciones de gobierno al voto popular. Grecia es el último ejemplo, pero también lo fue la Venezuela Chavista con 18 referéndum ratificatorios de gestión. Los acompañan la legitimidad del kirchnerismo luego de 12 años de gestión, enarbolando una imagen positiva cercana al 50% y con una cantidad de electores que no es para nada despreciable si se hace el recuento a nivel nacional. También en ésta tendencia aparece el Ecuador de Correa, la Bolivia de Evo y hasta la Rusia de Putin.

Pues después de muchos años, en Europa, se dio una batalla campal entre un pueblo y los centros concentrados del poder y las finanzas. Un pequeño país deudor se enfrentó a los gigantes del Euro; le hizo conocer a su pueblo lo que les estaban ofreciendo y éstos lo rechazaron. Supieron decirle que no a ellos y ahora deberán medirse con las consecuencias, pero aún así, afirmaron su destino ellos mismos frente al mundo. Sin armas, sin revueltas, sin asesinatos, sin primavera. Con urnas y decisión.


A diferencia de lo que históricamente se ha vivido en las crónicas de las deudas externas soberanas, ya no es un grupo selecto quien negocia los términos de adecuación. Para ser más exactos, ya no es el grupo elegido para gestionar un país quien, a puertas cerradas, negocia la dignidad de un pueblo. Menuda elección: pasar del 37% de votos para llegar al poder y luego ratificarse en el 61% obtenido en el referéndum. Para mover las decisiones de éste pueblo primero van a tener que silenciarlo. Ya no es tan fácil.

Porque los tiempos de los gallos y medianoche, de tertulias exclusivas, de sectores amigables y de contubernios despreciables está empezando a perder cancha. Avanza una nueva forma. Ahora la democracia y sus urnas transmiten lo que quieren para cada pueblo. Y nunca hay suficiente agua para apagar tanto fuego.