Los pueblos se han llenado de historias desde el principio de los tiempos. Cuentan lo que haga falta contar: explican el origen del universo, de las plantas, de los animales y de todos los fenómenos que no nos es posible explicar sin la ayuda de un relato que reúna lo que conocemos y lo ordene de forma lineal. Un poco de poesía, una moraleja, un héroe, un elemento, un ritual, un talismán y una época del año, todo ordenado para no turbar el sendero que se transita en la búsqueda.
Encontrar el origen de las cosas y los fenómenos ha sido siempre la motivación; y si no lo encontramos, lo inventamos. Esta última opción es la que da lugar a las historias que, sin verificación alguna más que su propia existencia, llenan los espacios que genera la intriga de lo desconocido. Ya sea por la imposibilidad de no poder elaborar un proceso de experimentación capaz de trazar el derrotero de lo que tenemos frente a nosotros o bien sea por la sencilla voluntad de tener una historia que contar y querer relacionarla con algo que ya conocemos, estos relatos son parte fundamental de la cultura de los pueblos.
Observar la cosmogonía romana habiendo conocido antes la griega puede dar una pista de que es posible vislumbrar en la historia el hecho de que todas las sociedades se explicaron las cosas más o menos de forma similar, con historias que matizaron conforme su manera de ver el mundo y lo que veían de cierto en la historia que se contaba en otra ciudad. Reelaboraron los relatos, renombraron a los dioses y héroes, hicieron coincidir las fechas y le dieron un significado propio. El ejemplo cabal de ese sincretismo es el Cristianismo.
Yendo de lo particular a lo general: el bautismo, el matrimonio, el hogar, la fertilidad, la muerte, la guerra, la unción de los monarcas, el comercio, la agricultura, las estaciones de siembra y cosecha, el día y la noche, la luna, el sol y el universo. Todo tiene su historia, su por qué, su origen. Leer lo que estas historias relatan hace posible darse un panorama bastante acertado de la idiosincracia de cada uno de esos pueblos y al mismo tiempo trae al presente una forma de pensar que en su momento reinó en las cabezas de seres que dejaron de existir hace ya mucho tiempo. Desde hace 2000 años reina una única forma de explicar las cosas y cada historia tiene más tiempo que ese.
Llamativo es, entonces, que todas estas historias sean de índole religiosa. Que se haga alusión a los dioses, que se los invoque y se le hagan ofrendas forma parte esencial de la práctica. Es el "volver a unir" lo finito con lo infinito, lo mundano con lo trascendente, lo poderoso con lo que puede desaparecer con facilidad, lo que nos pertenece con lo que no, lo que nos falta con lo que deseamos... En fin, delimitar un tiempo y un espacio para marcar la diferencia entre el pasado y el presente, invocando la ayuda de los dioses que gobiernan cada cambio para que haga uso de sus dotes de cuidado y haga suya nuestra causa en el dominio de lo inefable.
Todo cambio se instrumenta desde una pretensión que separa el ayer del mañana haciendo una fuerza sobre el presente. El devenir haría suya la aparición paulatina de las oportunidades para mejorar, bajo la custodia que otorgaría una ceremonia efectiva que atrajo la bendición del dios custodio del sendero a transitar. Estos aspectos del hombre son de una profundidad y una intimidad sólo asimilable a los secretos más escondidos. No por casualidad hoy llamamos a estas historias "mitos", palabra que viene del griego "mythos" que significa "lo que está oculto". De suyo, todo ésto se produce por debajo de la epidermis de lo evidente, de lo verbal, de lo que decimos y de lo que contamos.
Quienes pretendan transitar el menadroso sendero que la mitología de los pueblos tiene para ofrecer debe enfrentarse a un ardua tarea de memorización y contextualización de la historia antigua. Trabajo no menor si lo que tenemos enfrente son los tomos de Heródoto y los libros de Robert Graves. Pero en la era de las comunicaciones es posible encontrar los resúmenes de entusiastas Youtubers. De esa miel, no comen las hormigas.
Encontrar el significado de lo que sucede sigue siendo un misterio a descifrar. La intuición, el conocimiento, los consejos y las experiencias son capaces de dotar a los viandantes de símiles hilos de Ariadna para encontrar la salida de los laberintos. Algunos sostienen que de los laberintos se sale por arriba, pero no es común a los humanos la habilidad de volar. Físicamente, al menos. En la metáfora, como en todas las historias a las que hago alusión, todo es posible.


