Fruto de un desafortunado comentario (por no decir hijo de puta) nacen las líneas que siguen.
Todo comienza con una noticia y un muerto, perseguido por Gendarmería Nacional por cumplir con el tipo penal del artículo 194 del Código Penal de la Nación, cómplice de un grupo de manifestantes de uno de los tantos pueblos originarios. En el operativo llevado adelante por la fuerza de seguridad en cuestión, uno de los manifestantes desaparece. Su búsqueda se extendió a lo largo y ancho del país, con cientos de supuestos y conjeturas, cables cruzados de inteligencia y declaraciones de dirigentes políticos informando en pleno prime time televisivo las últimas cabronadas que se enteraban vía Telegram. El lamentable final del manifestante fue que su cuerpo sería encontrado sin vida a 150 metros del lugar de donde fuera visto por última vez, río arriba, luego de 40 días de búsqueda por todo el país. La zona ya había sido rastrillada 3 veces por los sabuesos policiales sin encontrar siquiera un mínimo indicio.
"Capaz le dediquen un feriado" fue el comentario que escuché y que no pude dejar pasar. Inspirado en la repulsión que generó en él la imagen que ofrecía la televisión del hermano del manifestante muerto, el comentarista no pudo soportar ver colgar de su cuello un dije con forma de pañuelo: el símbolo de lucha por el esclarecimiento de los crímenes cometidos por la dictadura más hija de puta que haya conocido este país. La raíz de las elucubraciones manifestadas con posterioridad al cruce abrevan en las cuevas procesistas de los cómplices civiles de la dictadura, por lo que ya eran esperadas por quien escribe.
La más llamativa y aquella por la cual fue más interpelado fue "justicia setentista, no es justicia". Respondido con que esa afirmación era cierta, que los milicos cagones que años después se rendirían en Malvinas ante los ingleses sin tirar un solo tiro, habían sostenido en el país y contra su propio pueblo una maquinaria de "justicia" que desconocía todo concepto de humanidad, procesos, garantías y derechos. Esa es, justamente, la justicia setentista: la ejecutada en esos años por órganos estatales y para estatales con la complicidad del poder político y judicial, basada en desapariciones y apropiación de recién nacidos, entre otras cabronadas propias de los cagones de ese tipo.
Y a esta altura del relato, un poco trillado en su temática y contenido, pero tan actual como para provocar el rechazo de un pedido de esclarecimiento con base en un collar colgado del hermano de un joven desaparecido durante un operativo de una fuerza de seguridad, el debate entra en el terreno personal. No por provocar el escrute de las condiciones personales de los que sostienen posiciones o posturas frente a tal o cual asunto, sino porque me es posible concluir que ya no es dable permitir en ningún ámbito la negación del estado de derecho como la solución a un problema. Poco importan los conceptos sobre el Estado y sus leyes cuando aquellos que han sido dotados de fuerza estatal para reprimir un delito, provistos de maquinaria represiva, uniformes, armas, cascos, palos, camionetas y bolsas, con la clara función del aseguramiento de los derechos colectivos no respondan ante un operativo que estuvo bajo su responsabilidad.
Enmascaran doctrinas propias de los cagazos que la derecha tiene sobre lo que los rodea, y lo hacen creyendo que traen información que nadie tiene. Como todos los comportamientos militares o policiales. Y no será culpa de ellos sostener lo que quieran sostener, sino que será nuestra si no intercedemos con las armas de la lógica, el pensamiento y la claridad conceptual antes que las que fácilmente usan los adeptos a las doctrinas antedichas.
Es un trabajo enorme, gigante. Pero tranquilizador a la luz de que si no han de permanecer impunes los delitos, tampoco lo habrán de hacer sus cuarteles intelectuales. Y como por arte de magia y sin dañar a nadie, terminar de zanjar las diferencias que nos definan como militantes políticos o bien como lectores de blogs redactados por hijos de puta.
Como en matrix: vos elegís.