domingo, 25 de octubre de 2020

HOMO LIBERALIS

La libertad es el paradigma sobre el que gira todo el andamiaje de la calesita del sistema democrático. Cualquier acción u opinión que no contradiga la ley ni vulnere la integridad de las demás personas queda amparado por ella. El principio del derecho que consagra que todo lo que no está prohibido, está permitido constituye el conjunto de rulemanes de la calesita y como tal cualquier obstrucción a la libertad se torna evidente porque la consecuencia principal e inmediata de ello deviene en el mal funcionamiento del juego en cuestión.

En su faz objetiva los hechos son lo que son y cuando cualquier persona ejerce cualquier acto no debe dar explicaciones por ello si no lesiona ni a la ley ni a otra persona con su acción. Así, nadie da explicaciones de por qué está saliendo a correr, simplemente lo hace y nadie interviene. Al menos no hasta hace 6 meses. Las restricciones a la circulación que se dispararon por decreto en medio de la pandemia afectan principalmente a este derecho de libre circulación. En consecuencia, la vulneración de éste reduce la virtualidad de todos los demás.

Este paradigma de afectación colectiva pone bajo la lupa el accionar particular en su papel social. Pero no es el único. Lo normal es pensar que vivir en estado de libertad garantiza que ésta se extienda a todo quehacer personal. Constituye una ficción propia de la imaginación pensar de semejante manera. En un sistema en el que hay derechos que es menester comprarlos antes de ejercerlos se hace imperativo analizarse para descartar que no estamos siendo coaccionados en un plano imperceptible a simple vista.

En este sentido, el filósofo coreano Byung-Chul Han se ha vuelto el nuevo profeta de las artimañas que construyen las ficciones sobre las cuales es posible vehiculizar una acepción semejante. En su libro Psicopolítica se arma con conceptos filosóficos propios de quienes se dedicaron a estudiar y explicar el poder para trazar un nuevo diagrama de evaluación social y particular. El poder oculto, explica Foucault, es el más dañino de todos pues no es posible rastrear sus efectos si no es a través de un exhaustivo estudio y consecuente análisis. De esa forma, analiza el paradigma de la libertad del nuevo orden social y económico que se explica a través del "ser tu propio jefe" o "manejar tus propios horarios" se enmarca en un principio de autoexplotación personal, en la que no es ya el sistema a través de las imposiciones de producción el que explota al trabajador; en su lugar, cada individuo es presa de las expectativas y metas que autoimpone y se explota a sí mismo. Sostiene que todo producto del sistema en el que vivimos está orientado hacia allí. En éste sentido explica el concepto del Dataísmo como la forma emergente del sistema para poder direccionar el comportamiento, las acciones y los pensamientos de las grandes masas sociales conceptualizadas como individuos independientes y libres.

En el mundo hay aproximadamente 7.700 millones de teléfonos celulares conectados a la red de internet, contabilizando más dispositivos que personas. Lo más probable es que este escrito esté siendo leído desde uno de estos dispositivos. Las redes de internet funcionan con los ya conocidos algoritmos que, a través del almacenamiento de datos, sugiere al navegante productos de consumo que se deducen de su historial de navegación. Suena a locura, pero hay sencillos experimentos que demuestran que la inteligencia artificial que gobierna la red está atenta y vigilante a nuestras necesidades para proporcionarnos los productos, las metas y motivaciones que más se ajustan a nuestro estado emocional. Algunos fenómenos son realmente perturbadores como, por ejemplo, tomar el celular y, sin haberlo desbloqueado, hablarle al micrófono sobre alguna actividad o idea y observar luego las publicidades y publicaciones sugeridas por el algoritmo en las redes sociales y en los navegadores. Es realmente intimidante.

Byung-Chul Han sostiene que los servidores almacenan los datos personales de todos los usuarios a través de la creación de un perfil dentro de un ordenador posibilitando construir una imagen más perfecta de la persona pues, en su celular, contiene información sensible de la intimidad que refleja a su tiempo las necesidades, ansias, metas, valores y miedos. Utiliza para explicar esto el concepto del Panóptico del filósofo utilitarista Jeremy Bentham, quien diseñó a través de este pensamiento la forma de las cárceles de todo el mundo. Plantea que desde un punto central un único guardia puede custodiar a la totalidad de los reos, reduciendo los costos de control y vigilancia y suscitando en cada preso la sensación permanente de que está siendo observado. Esto reduciría las planificaciones de fuga y conspiraciones entre ellos y cumpliría de mejor forma los objetivos del sistema penal.

(Unidad Penal Nº2 de Sierra Chica, Olavarría, Provincia de Buenos Aires)

No se trata de una conspiración urdida por un grupúsclo de militantes de derecha radicalizados sosteniendo que la libertad es peligrosa porque vulnera la moralidad o la nacionalidad. Son abundantes los ejemplos de cómo opera la venta de información para estos fines y cómo se hicieron las campañas políticas de varios países, muniéndose de éstos perfiles y éstos algoritmos, con el objetivo de direccionar las voluntades y pensamientos de acuerdo a los intereses creados. El escándalo desatado por Cambridge Analytica en el marco de la venta de datos personales para direccionar campañas políticas es sólo lo que puede verse a simple vista.

Con este panorama, nuestra libertad es la mera aptitud de consumo que tampoco es libre pues está también direccionada por un algoritmo creado por una persona y que opera de manera independiente a través de la inteligencia artificial, reduciendo los costos de control y convirtiéndonos a todos en los reos del panóptico que es internet y el uso de dispositivos. La libertad no es tal pues no somos dueños de lo que sentimos y lo que somos, sino que estamos siendo direccionados conforme nuestras inquietudes van siendo expuestas en las plataformas de redes sociales. Ese voluntarismo de exposición personal es valiosa información de mercado.

No es agradable para nadie darse cuenta que están tratando de engañarlo. El algoritmo está programado para guiarnos cuando alguien lo usa en ese sentido. Cuando permanece pasivo recolectando información está operando para trazar una experiencia más agradable y más productiva de la World Wide Web. Es necesario pensar que éste es el nombre real de internet: en inglés y sin eufemismos. Red mundial. Y mientras nos movemos por la vida como insectos destinados a ocupar un sentido post de despedida en una red social o un obituario en los diarios, somos más que susceptibles de quedar atrapados por la red. 

Ya sea que nos autoexplotemos o nos hayamos convertido en meros consumidores todos compran el detergente de la publicidad, el medicamento que nos vende el actor famoso o la idea del político que tiene buenos modales. La falibilidad humana surge de la duda que nos provoca decidir. Quien se crea fuera de éste fenómeno que suelte su teléfono en éste momento y no se mienta más.

domingo, 18 de octubre de 2020

STORMBLAST

Consulté todos los profetas, todos los autoproclamados videntes de la humanidad, los horóscopos de todas las latitudes publicados en varios diarios. Ninguno, ni siquiera Nostradamus (tanto que le gusta a la prensa pedorra tirarnoslo por la cabeza de vez en cuando) pudo avisorar el advenimiento de semejante fenómeno mundial. Pero hay que ser justos, tampoco vieron venir a Francia campeón en Rusia 2018 ni los resultados de las series finales de la NBA en 2019, no esperaba menos de ellos para el 2020. La prueba cabal está en que presagiando amor, metas y esperanza se olvidaron del planeta como factor hostil para la humanidad.

Desde la física suelen traspolar la segunda ley de Newton para explicar lo que los orientales denominan Karma. Dicen: "a toda acción corresponde una reacción" tal vez pretendiendo encontrar el origen de toda desgracia cotidiana en una maldad culposa del pasado. Antojadizo como sólo él, éste método no sirve para explicar otra cosa que los fenómenos físicos y si me apuran alguna que otra consecuencia personal inmediata como chocar un auto por no pisar el freno. Nada más. No es necesario hacer tanta mística de todo. Existen, en la realidad, suficientes hechos que son capaces de proporcionarnos la información que necesitamos para dilucidar las causas. Caso contrario, nos habremos aislado de la realidad.

El aislamiento al que la pandemia conminó a gran parte de la humanidad podría desembocar en una patología psicológica conocida como Síndrome de la cabaña o Fiebre de la cabaña que se manifiesta por el desgaste al que lleva la falta de contacto con la naturaleza, el aislamiento social y las rutinas de encierro prolongado. La identificación de este cuadro revela que existen y han existido aspectos centrales de la vida de los seres humanos que fueron descartados como una realidad humana al no haber sido experimentados por el pleno de la sociedad. Por ejemplo los presos, los locos y los solitarios ya padecían de dicho síndrome y nadie aún les ha preguntado nada. No es que sea necesario, pero no sería en balde recabar esa información. Digo...

Mientras, una carrera científica contra reloj se desarrolla en todo el mundo y demuestra que la prioridad de muchos Estados está en encontrar una solución definitiva a toda esta historia a través de una vacuna que abra un portal en el tiempo para volver a la "anterior normalidad", retirando el molinete impuesto que recorta de hecho las libertades de millones de seres humanos. Se arguye que existe un interés económico de parte de los laboratorios y que, en ese sentido, han tensado los hilos para aumentar sus ganancias en caso de ser los primeros en encontrar, producir y vender la solución que están necesitando. Esa conspiración ya tiene un nombre, no es novedosa y se llama Capitalismo...

Aún habiendo hecho uso de la licencia poética, la realidad es trepidante y el tiempo no detiene su marcha. Las consecuencias económicas, sociales y políticas de este fenómeno se padecen en medidas similares en distintos puntos del mundo y repercuten en la intimidad de quienes están a la expectativa, cumpliendo los mandatos de infectólogos, médicos y consejos consultivos que han sostenido que no hay mejor recomendación que mantener la distancia entre unos y otros. Pocas veces puede verse una semejante coincidencia en los propósitos de parte de todos los países del mundo; de suyo, en el pasado ni siquiera han logrado ponerse tan de acuerdo para, por ejemplo, repudiar una guerra o contener una gran migración humana.

Es necesario hacer notar que una situación crítica es susceptible de provocar que se intensifiquen los valores y disvalores del sujeto que es apresado ella. En los primeros tiempos de aislamiento algunos se animaron a sostener que sería la plataforma ideal para relanzar lo mejor del ser humano, propiciando un ámbito agradable para la reflexión y el mejoramiento personal. Luego de más de 6 meses se volvió evidente que sólo se habrían de potenciar aquellos aspectos que ya existían, dando como resultado que quienes eran buenas personas podrían llegar a acentuar sus bondad, pero quienes eran una cagada agudizarían ese cuadro hasta el punto de la ridiculez. Esta segunda afirmación es la que más pruebas fehacientes tiene a su favor.

La excepción siempre confirma la regla y es probable que quien se encuentra ante estas líneas tenga en su haber uno o dos ejemplos de que lo expuesto en las últimas líneas del párrafo anterior no es acertado. Los períodos licenciosos dan siempre lugar a que aflore lo lúdico y creativo, de modo que quienes pudieran haberse distraído de forma más feliz probablemente hayan logrado, realmente, mejorar su persona y una percepción del mundo mucho mejor. 

En paralelo coexiste un grueso que sólo espera por lo mejor mientras reniega por verse imposibilitado de vivir una vida plena. De suyo, que aunque no fuera necesario culpar a nadie de un hecho acaecido con independencia de la voluntad humana, lo más probable es que haya que imputarle a alguien las consecuencias de una pandemia mundial. Ríos de tinta apuntarán a los responsables políticos y éstos a su vez orientarán sus cañones sobre sus enemigos geopolíticos. 

Lo único que le falta al 2020 es una guerra. Y no estamos lejos de conseguirla.

domingo, 4 de octubre de 2020

DEM MYSTERIIS

Las luchas intestinas entre la realidad y la voluntad de entenderla forman parte de la realidad cotidiana. Miles de herramientas nos son provistas a diario para abordar el estudio correspondiente pero, a la vez, somos bombardeados por estímulos audiovisuales que ejercitan los músculos aspiracionales de la moral, esos que se encargan de ubicar al ego por sobre los hombros posibilitando que ciertos humos se suban a la cabeza. En los hechos, y con una mirada poética, no somos mas que la bolsa llevada por el viento que tanto asombró a los protagonistas de Belleza Americana y que los llevaba a la hipnosis que sólo los sucesos inenarrables pueden despertar.

El cebo de que despierta los estímulos están dados, como dije, por elementos audiovisuales. Te ponen gente sonriendo mientras toma yogurt, contrae un préstamo hipotecario, contrata una prepaga o se toma un Uber. Esto no representa sólo un análisis: cualquier manual de marketing le explicaría al lector en el primer capítulo que lo que se está tratando de vender no es ya el producto en sí sino la experiencia de consumirlo. Una vivencia distinta y distintiva que nos eleva por sobre el resto. No se trata de soluciones a la vida sino de aditamentos necesarios para elevar algo. Por ello, los mandamientos de la religión católica identifican los músculos a los cuales cualquier vendedor apunta para meternos un producto o una experiencia. Los medios de comunicación funcionan así. ¿Cómo no funcionarían así también los intervalos entre los contenidos televisivos? ¡Esos que llaman publicidad!

Nos ceban para consumir. Pero no sólo se consume el producto pues estaría quedando fuera el estilo de vida que el producto en sí representa. Es menester, entonces, demostrar que se posee el estilo de vida en cuestión y hacer público el hábito de consumo o el derecho de propiedad sobre algo. Las redes sociales se transformaron así en el suplemento sociales de la vida cotidiana, en el cual todos exponen aspectos de su intimidad que jamás fueron preguntados ni requeridos por nadie. La estrategia sistémica es hacerte parte de una manía colectiva en la que todo el mundo abre la puerta de su habitación a una serie de desconocidos.

Cada expresión de aprobación en cualquier red social estimula al autor del post, tweet o publicación a continuar en el camino que se trazó. En psicología se lo conoce como estímulo positivo. Conforme más aprobación tengan más estarán dispuestos a revelar y poner bajo el ojo vigilante del fisgón de turno que dará like o fav sentado en la taza del inodoro, en el mejor de los casos. La ausencia de la aprobación generará el vacío de la no pertenencia y traerá consigo a los súcubos de la intrascendencia.

De ésto se puede desprender el consecuente vacío existencial que habita en las personas por estos días y que los psicólogos diagnostican muchas veces como depresión. Cientos de talentosos artistas, políticos, músicos, escritores y profesionales han sido presa de dicha enfermedad antes del advenimiento de las redes sociales, pero es posible rastrearlo en la inconformidad provocada por la aspiración sistémica que se ha hecho del personaje público. Quienes fueron capaces de dar buen y fiel testimonio del tránsito de la enfermedad han trascendido hacia las masas que recibieron y difundieron su arte. De forma más o menos compleja, más o menos acertada, hicieron que la musa correspondiente les insulfara el hálito de vida necesario para poner fuera de ellos lo que el vacío provocó. Poemas, canciones, diatribas, ensayos, pinturas y tantas expresiones más pueden relatarlo sin explicarlo tanto como intento hacerlo acá.

Es posible demostrar en consecuencia que se puede ser Kurt Cobain, Robin Williams, Chester Bennington o un pelandrún cualquiera y ser objeto del vacío al que se arrastra al Ser cuando no logra asociar felizmente lo que siente y entiende con lo que tiene enfrente. Y también que la solución que ellos encontraron ante el vacío fue no volver a sentir en absoluto.

Puede sonar a conspiración pero en realidad es descriptivo decir que el funcionamiento del sistema está alentado a inspirar lo peor de cada hombre y cada mujer al prometerle llenar ese vacío. Se trata de un fenómeno que crece a medida que el sistema presenta las soluciones a las urgencias banales de posesión de bienes o aprobación. En su libro "Sapiens. De animales a dioses" el autor Yuval Noah Harari traza el íter del Homo Sapiens y cómo, la distintas revoluciones colectivas, lo han llevado a saciar sus necesidades más básicas avanzando sobre lo que lo rodea sin medir las consecuencias. Desde su estado de cazador-recolector, pasando por la revolución agrícola que logró los asentamientos permanentes que dieron lugar a las grande urbes y desembocando en la actual revolución tecnológica que posibilita que un keniata sea amigo de un japonés y comparta en tiempo real lo que está haciendo.

La correspondencia entre lo interior y lo exterior es una necesidad no satisfecha del todo. La proliferación de doctrinas y filosofías orientales que definen al ser desde el no ser desarrollan una concepción que se desprende de toda definición personal que implique hacerlo a través de lo que se tiene, se pregona o se sostiene. Es decir que en realidad somos el vacío y no es menester llenarlo. Jorge Bucay escribió un cuento conocido como "La Ciudad de los Pozos" en el que, a mi parecer, explica de manera más acabada lo que considero una forma lícita y relativamente efectiva de lidiar con ciertas cosas. Se los dejo acá

Aunque traguemos toda la filosofía occidental desde Sócrates hasta Foucault, nada resulta totalmente satisfactorio para encontrar los modos de armonizar las ansias provocadas. Pero es algo. No se puede condenar todo intento a ocupar el casillero de los errores insalvables. Desde el oriente podrán llegar Confucio u Lao Tsé y tardaríamos un tiempo más en darnos cuenta que Gurdjieff es capaz de trasladarnos esa filosofía milenaria de la forma más occidentalizada posible.

Los hábitos de consumo parecieran perfilar la personalidad y el carácter cuando de hecho son las experiencias y nuestra reacción quienes lo hacen. Conocer esto no forma parte de revelación divina ni entraña el resultado de una angustiosa investigación filosófica sino que es ni mas ni menos que una verdad ya conocida, velada tras la apariencia de lo que ya era aparente. Por ello en sus tiempos los Egipcios rendían culto a la diosa Isis que, decían, vivía en la luna. Contaban que estaba escondida detrás de mil velos y que conforme se los descorría se podían ver nuevas fascetas de su fisonomía pero que sería imposible observarla en su totalidad. Menuda diferencia hay entonces entre la verdad velada y la revelada. 

No constituye una simple semántica.