domingo, 15 de noviembre de 2020

Meandros

La identificación personal es un acto complejo al que abordamos desde los contrastes, las elecciones, los gustos, las virtudes y, muy pocas veces, desde los defectos. En este último caso, cuando se escucha con atención los discursos megalómanos que se suelen hilar para defenderse, los defectos se convierten en virtudes encubiertas. La sinceridad, la frontalidad o la verborragia, por dar algunos ejemplos, habitan la frontera de la palabra "depende". Depende de cómo se use.

Formamos parte de una norma social que glorifica la autoflagelación consciente como un acto de sinceramiento descarnado y que trae consigo la intención de lograr un cambio de visión en quienes nos interpretan, induciéndolos hacia la misericordia. Nadie quiere ser juzgado sin piedad. Agudizar las diferencias y contradicciones personales es también un método de mejoramiento válido pero no todos los deméritos pueden ser objeto de la misma metodología.

Identificarse a través de los gustos, de las ideologías, las doctrinas, los hábitos y las elecciones gastronómicas o sexuales es lo más difundido entre quienes se encaminaron a ser mejores en los tiempos de las redes sociales. También es el punto de ataque de quienes condenan las identidades desde esos mismos lugares y esas mismas elecciones. Mayormente se atacan los gustos, las ideologías, las doctrinas y las elecciones sexuales antes que el resto de las elecciones. Y se realiza desde una aparente defensa de algo que se transforma en una idealización.

Abordar una identificación desde los hábitos de consumo me parece, como mínimo, peligroso; un síntoma de la alienación sistémica de la que somos objeto. Es evidente que allí existe un triunfo de los vendedores de ilusiones. En "El Club de la Pelea" la película dirigida por David Fincher, basada en el libro de Chuck Palahniuk, el personaje de Brad Pitt lo dice mirando a la cámara en un cuadro picado y perturbador: "No eres tu trabajo, no eres tu cuenta bancaria, no eres el coche que tienes, no eres el contenido de tu billetera, no eres tus malditos pantalones... ¡Eres la mierda cantante y danzante del mundo!". Quienes pudieron ver la crítica intrínseca que esta película significa bien podría entender toda este escrito pero no habrá de perder de vista jamás que tampoco estamos exentos de volvernos locos. Si no la vieron, dejen de leer acá y vayan a verla. 

En muchas ocasiones nos traen a su Dios para argumentar condenando la intimidad de los demás. Pareciera ser que eso de que está en todas partes es una virtud con carácter transitivo a los fieles y los habilita a meterse en la intimidad de los demás para juzgarlos. Y no importa que este proceder haya sido expresamente desalentado por los textos del profeta del Cristianismo, aquellos que no tienen como centro de su existencia la consideración divina son también condenados al mismo lugar. Es así como, antes de morir, comunistas, ateos y homosexuales, por ejemplo, son relegados a las torturas infernales que ese empleado de Dios que es Satanás tiene listas para ellos. Curiosa división del trabajo pues pocas son las veces que vi a alguien que conspire contra el plan de su enemigo tratando tan mal a quienes por definición deberían ser aliados suyos.

El verdadero elemento de tortura satánica no es ni más ni menos que el juicio moral sobre los otros. Esa, y no otra, es la verdadera condena. No somos capaces de acceder a otros niveles de consciencia que los que vivenciamos o comprendemos y, si en vida, una persona ya está condenada a pasar su muerte como el reverendo ojete, mejor entonces que siga viviendo como venía sin preocuparse demasiado. Conforme más adentro de la potestad judicial religiosa estemos más cabrones podemos ser.

Y si bien hay filosofías y prácticas que dicen otorgar el acceso a niveles de consciencia superiores, para mí, se torna contradictorio que al ser éstos niveles de carácter inefable (es decir que no puede ser dicho, explicado o descrito con palabras por tener cualidades excelsas o por ser muy sutil o difuso) pueda ser transmitido fácilmente por uno o una que acaba de leer algo que hace alusión a ello. El acceso a estos niveles, una vez más, forma parte de una intimidad que es condenada por la mayoría de las doctrinas e ideologías hegemónicas conocidas y que a su vez, también están vendiendo un nivel de consciencia y protección aparentemente superior. Como en la economía de mercado, están compitiendo por consumidores.

Los gustos personales, lícito es decirlo, no representan identidad alguna; por más que se hagan los esfuerzos intelectuales para explicar su predominancia por sobre el resto. Las percepciones y hechos que conmocionan y conmueven al receptor de determinado mensaje son de índole personalísima y cualquier obra de arte podría provocar similares sensaciones y sentimientos, penetrando las fibras más sensibles de quien observa o escucha. El golpe es aún más fuerte cuando la obra que nos interpela en cuestión proviene del lugar menos pensado.

La definición personal por aspectos externos es ridícula. Aún así, la identificación se produce mayormente en dicho ámbito y sería importante relegar la megalomanía para más adelante. No es posible definirse desde aspectos externos. Cualquier esfuerzo de identificarse por ello no constituye hipocresía cuando no se hace de ello la fruta del Edén.

La reflexión para observarse a sí mismo, ya sea para definirse o para destruirse y recomenzar, es una tarea atemporal, íntima y personalísima que no va a reconocer un momento ideal para ser realizado en vida. Cualquier momento cuenta. Para el que lee esto y para el que no, para el que está de acuerdo y para el que no... La cuestión siempre fue darse cuenta.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Argumentum ad verecundiam

Es común asistir a construcciones retóricas que se ensayan para ubicarse en ser anteriores a cualquier novedad, originarias de un lugar de la lógica que trasluciría el prístino origen que torna irrefutable su manifestación. Hablar en términos que remontan a lo ancestral, lo tradicional y lo originario es la base de su irrefutabilidad y por tanto, estaría dotado de una inevitable pertenencia a lo Real (si, con mayúsculas).

Cualquier camino de descubrimiento de las verdades colectivas está minado por accidentes y choques entre realidades indomables e inasibles que escapan a los sesudos mandatos morales que trae consigo la construcción retórica ancestral en cuestión. La pertenencia a las escuelas de pensamiento filosófico, político o religioso puede hacer creer que las líneas de pensamiento básico hacen a la realidad de toda la humanidad y que, por ello, no pueden estar alejadas de la realidad.

Es posible asistir a una interminable plétora de cultos religiosos que afirman poseer la última revelación sobre los acontecimientos actuales; sin embargo, son los cultos tradicionales quienes se embanderan doctrinariamente como los poseedores de la verdad. En términos contemporáneos, serían quienes tienen probada la vacuna contra el COVID-19 y pretenden que nos la inoculemos. El peligro de este pensamiento no entraña una afrenta contra el propio cuerpo o contra la libertad individual, sino que en cambio se presenta a sí mismo como el último refugio de la dignidad de una colectividad que, ya extraviada, no tiene refugio.

Quienes manifiestan no pertenecer a ningún tipo de culto doctrinario ni filosófico dicen ver que hay un cierto extravío cuando quienes no pueden dominar el más mínimo de sus impulsos nos traen en bandeja las formas y métodos que habrían de solucionar nuestros bemoles sociales. De suyo, una creencia religiosa se arraiga en la más profunda intimidad personal y no significa, por mas que se esfuercen, que esa intimidad deba ser parte de la intimidad ajena, también. Cada estrategia empleada por los colonizadores de vidas ajenas supone una posesión demoníaca que hace al colonizado hablar en lenguas que no conocía ni había estudiado y violentarse, a su tiempo, contra todo lo que pueda amenazar sus principios inmutables.

Entonces, ¿cómo es posible que las religiones del libro prediquen, al mismo tiempo, la unidad de la especie humana como respeto al creador y la necesidad de exterminio de los detractores de los postulados que las identifican? En los tiempos de la oscura Edad Media, la Iglesia Católica creó La Santa Inquisición con el objeto de velar que, en la sala de tortura, se respetaran parámetros mínimos de humanidad y para que, en caso de matar al torturado, tenga cerca un sacerdote para expiar sus pecados antes de morir. Posteriormente, la Santa Inquisición ampliaría su ámbito de acción y perseguiría a los detractores de la "santa doctrina" para que, de no arrepentirse de ir en contra de ella, tengan a bien prepararse para conocer lo más pronto posible a su creador.

La confusión de los límites interpersonales es en la actualidad el centro del debate, según puedo interpretar. La máxima que expresa "los derechos de uno terminan donde empiezan los del otro" jamás estuvo tan en debate como hoy. En un escenario en el cual es necesario articular colectivamente para poder salvarse mutuamente no son las doctrinas salvadoras quienes habrán de premiar a los seres humanos. En su lugar, se imponen una serie de acciones colectivas dotadas de cientificismo capaces de cooperar en una salvación. "La Salvación" en términos religiosos y científicos son hermanos gemelos de padres separados: ambos provienen del mismo vientre pero batallan entre sí para dominar la atención de los padres en este presente de divorcio.

Toda vez que expresarse en términos públicos sobre las acciones colectivas a seguir, la responsabilidad de las instituciones en determinado tema y la afectación de derechos ante una decisión proveniente del poder constituye de por sí un posicionamiento político más fuerte de lo que cualquier apolítico quisiera admitir a su auditorio. Pues, el hecho de que no te guste el fútbol y ver los partidos no configura una contradicción en absoluto; sí lo sería ser un detractor del deporte y enfrascarse en una batalla encarnizada sobre si jugar con doble 5 o con línea de 3 al fondo. Se nota la diferencia, ¿no?

En última instancia, perder el miedo al ridículo no implica no hacer el ridículo en absoluto, sino que es sólo perder el miedo. Cuestión no menor. Pero no habremos sido dotados de método científico ni de libre albedrío para mudar de revelación de verdad absoluta conforme aparezca un nuevo profeta; sino para mesurar lo que conocemos con la adecuación a la realidad, para volverla más perfecta, más solidaria y más certera. No debe tenerse miedo a una contradicción si lo que se quiere es ser una buena persona. De egoístas está hecho el modelo y sus mejores alumnos son mayormente amorales.

domingo, 1 de noviembre de 2020

DIE AUSFÜHRER

Los conocimientos ordenados de forma sistemática y comprobable que, trazando una línea de tiempo, hacen que su relato sea coincidente y lógico es lo que caracteriza al conjunto del conocimiento científico. La particularidad del método que sirve de vientre materno al conocimiento es que se basa en la posibilidad de comprobar los postulados teóricos. Parece redundante, pero si ante un hecho se esgrimen sendas hipótesis resulta imprescindible que éstas sean coincidentes con los hechos; en caso contrario, quedarán alojados en lo que Platón denominara el mundo de las ideas.

En el camino del conocimiento la imaginación cumple un rol central. Mediante la observación se puede acceder a los efectos de determinado fenómeno y con base en ello dar rienda suelta a la inventiva para determinar las causas del mismo. La naturaleza humana dotará a cada persona de ideas distintas y por lo tanto de la posibilidad creativa de procedimientos distintos para llegar al mismo lugar: las causas.

Todo lo inevitable que la realidad pudiera ser se vuelve una absoluta locura cuando sobre ella se montan ideas sin sustento de ningún tipo pero que suenan lógicas por su orden. Cada inventiva y situación de hecho tiene la posibilidad de imperfeccion y como tal ser objeto del señalamiento de los puntos flacos que adolece. 

Desde el abadono del paradigma de la autoridad como revelación de la verdad absoluta, todo lo que nos rodea ha tomado carácter relativo y es por ello que hasta el mejor de los hechos puede tener contraindicaciones en los prospectos. El camino del descubrimiento de la verdad se convierte así en la verdad relativa que es susceptible de cambiar y por lo tanto es tratar de cruzar un puente en el que aún cuando la madera que pisamos parezca firme será necesario una corroboración continua.

En la actualidad ultra hiper informada y conectada se torna sumamente difícil dilucidar las fuentes de información confiable de aquellas que sólo buscan provocar una reacción en quien la consume. El fenómeno conocido como sesgo de confirmación cumple la función (anti) lógica de navegar sobre el océano en busca de información pero, en su lugar, sólo favorecer aquella data que confirma las creencias previas.

El fenómeno de la Posverdad es por tanto su hermano gemelo en toda esta confusión y concluye determinando el comportamiento y las decisiones de gran parte de las personas que están apresadas bajo ellos.

No escribo estas líneas con la intención de decirle a quien lee lo que tiene que hacer ni tampoco con la intención de señalar y condenar a quienes forman parte de los grupos emotivizados de la posverdad. Participar de una acción grupal, por los motivos que fuere, es lícito y debería hacerse más a menudo. El contacto entre personas que piensan igual y aquellas que piensan diferente es posible desde siempre, y ello tiene más que ver con quiénes somos como personas antes que lo que creemos saber.

Suele pasar que alguien que se encuentra en las antípodas de nuestro pensamiento cuenta, sin embargo, con todo el afecto que podemos prodigar a un otro y las mismas imperfecciones que vemos en las personas que somos capaces de detestar están presentes en los primeros, pero optamos por ignorarlas. No hago un llamamiento al amor incondicional, sino más a que cada cual encuentre la forma de explicar lo mejor posible cuales son los lugares ideológicos, filosóficos y políticos en los cuales se encuentra contenido sin necesidad de que quien esté parado enfrente deba ser necesariamente una mala persona.

La mala información puede provocar irritabilidad. Eso lo podemos llegar a trasladar a la persona que la porta. Y no entender eso es lo mismo que matar al mensajero.

En el mundo hay pequeñas amenazas que, dramatizadas correctamente, son objeto de la condena inmediata. Así es como países que no superan los 50 millones de habitantes y que no representan la 1% del PBI mundial se han convertido en la amenaza que se cierne sobre el planeta cual espada de Damocles, condicionando las democracias de todo el mundo. Venezuela y Corea del Norte son, así, los agentes infernales de un mundo que está más cerca de la intolerancia que de la convivencia. Abundan los capitanes america de cabotaje que no vieron los despojos del sistema mendigar dignidad a su lado pero si vieron el peligro norcoreano amenazar los ideales. Menuda preocupación, amigo...

Si a nuestro alrededor se desmoronan las vidas de miles de niños y niñas, los mensajeros del Ministerio del Amor Orwelliano estarán prontos a señalar a los traidores. El error fue siempre creer que quien nos oprime es el Estado (que podemos legislar y usar) y no los agentes económicos, que de no ser por la ley estarían prontos a poner a hacer que su fortuna pueda valer la vida de los segmentos más desprotegidos de nuestra sociedad. Mientras más apelen a la libertad de empresa mayor será el ahínco de subyugación a lo colectivo. Para muestras, un botón:


Una vez más, no es este mensaje quien pretende decir hacia donde debemos orientar las conclusiones de nuestros pensamientos, sino que somos susceptibles de reorientar las premisas sobre las cuales los basamos. En ningún lugar de la psique humana debería ser posible pensar que un norcoreano o un venezolano puede más que la banca internacional o un portaaviones.

Si llueven bombas en algún lugar del mundo, desde la caída del muro de Berlín hasta acá, hay una única nación cooptada por intereses claros capaz de dar la orden para "traer la lluvia". Ésta última expresión era utilizada por los soldados norteamericanos para pedir apoyo aéreo y llenar de napalm las selvas vietnamitas... y aún así perdieron...

¿La culpa es del norteamericano promedio que se viste en Wal Mart y desayuna en McDonald's? Obvio que no. Decisiones semejantes se toman desde sillones poderosos que no venden en el sector de muebles de interior del afamado supermercado ni forman parte de las facilidades dispuestas para comer una hamburguesa a precio módico.

Negar éste análisis es un derecho humano. No hacer nada si se tiene plena consciencia de ello, una irresponsabilidad. Propiciar el exterminio de los semejantes, una hijaputez.