Se ha instalado una práctica intelectual que induce al ser pensante a asumirse como tal a partir de la expresión de determinadas ideas o la defensa de ciertas formalidades, trastornando el aparato cognitivo, impidiendo así la comprensión de la materia política al otorgarle a ésta un carácter estático e inmutable que, sometido a ciertas fórmulas, da como resultado ineludible es la solución inmediata o inminente de la realidad que lo rodea. El dominio de dichas fórmulas no responde en lo absoluto a la Ciencia, su metodología ni su percepción como herramienta; más, se encuentra centrado en un aspecto volitivo revanchista que ennegrece los horizontes de cualquier paisaje.
Plasmado a través de un sistema de pensamiento que vectoriza los valores con las ideas para arribar luego a formar un concepto demasiado generoso de percepción personal, recaen sobre el intelecto humano las posibilidades de soluciones mágicas a cuestiones que no poseen tal carácter. La prostitución de los conceptos al someterlos al academicismo de alta costura ha logrado pervertir el mejoramiento de la comprensión humana del rol social que atañe al hombre en su condición de tal. Se desprende de tal valoración la ausencia absoluta de una conciencia gregaria al punto de privarlo de un espíritu solidario, honrando el salvajismo mismo de la realidad cuando ésta ya es incontenible.
La tergiversación criminal de la paridad ficticia entre ideales y principios morales ha logrado hacer repetir a cualquiera frases cómodas que desligan de todo lo que atañe a la vida en común al lograr la vanagloria del súmmum de las quimeras capitalistas: el esfuerzo personal. Entre malabarismos retóricos, se relame el equilibrista de lo improvisado para verter en la canaleta de las mediocridades una incongruencia más al mejunje ortodoxo de la moral enajenadora de todo pensamiento social. Encierra en sí misma el obstáculo moral de no percibirse como distorsión sino como enaltecimiento del ideal perfectible del hombre. No guarda perfección cuando habla de sí misma como si de Dios lo hiciera.
Un Dios un tanto caprichoso: absoluto y omnipresente, pero incapaz de hacer el mal y susceptible de estar ausente. Pues el miedo ha llevado a moldear un Dios que abarque todos los miedos, que tenga todas las respuestas, que obre en silencio y de forma misteriosa para inhabilitar el proceso inductivo y deductivo propio de la horizontalidad en la que el conocimiento sitúa al hombre al transformar la lente que le transmite el mundo.
Una especie con alto grado de socialización que se enaltece a sí misma por sus logros materiales para luego reclamar justicia social desde la cultura de un trabajo que aún no ha sido totalmente abarcado en su debate, existiendo predominantes materias pendientes en su proposición y formulación, pero que al fin y al cabo aburren.
Porque la práctica intelectual que permea todo ésto en lugar de fascinar aburre. Con ello, impregna de hastío toda expresión y torna al hombre intolerante.
De ésta manera, la derrota cultural es inminente. Cualquier cosa que brille, de aquí en más, será oro.
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