Se vive en la agonía constante de tener miedo a la muerte, mientras se puede disfrutar de ella al comer un pedazo de carne asada, un huevo frito o un nugget. Porque la muerte es más hermosa cuanto más deliciosa se hace para los apetitos del instinto brutal y cavernario de la supervivencia, soslayada ante una publicidad gigante que hace sombra a ese Sol que tantas veces esperamos ver. Creo que a veces no lo extraño. Y me preocupa, pues gran parte de la naturaleza se va en la relación que se tiene con el astro mayor.
Vea cómo puede dilapidar papeles pintados en molduras de madera, de cerámica, de plástico, de chapas o de aceros para abrazarse con ellas hasta lograr la tranquilidad social que dice la televisión que transmiten. Ver a la gente sonreír nos alegra, está científicamente comprobado; por eso los ponen sonrientes en las publicidades: recibimos el mundo con magnanimidad cuando estamos en actitud de felicidad, ya sea ésta inducida o percibida. Aunque la idea sea horrible, estaríamos dispuestos a deponer nuestros prejuicios.
Virando el horizonte terrestre hacia la estrella polar, el ascenso sería inmediato al ver que de los temas más serios se puede también sonreír. Pero los “temas serios” están cargados de formalidades, de símbolos irreductibles, de moralidad deificadora, de metas que se objetivan en la Panacea de los tiempos modernos de intangibilidad. Ver un tema serio con la generosidad con la que recibimos la publicidad de la gaseosa más vendida fruto de esa sonrisa y actitud jovial podría ser mágico. Podría un tema serio generar felicidad en muchas personas. Pero es peligroso. Se lo debe ensoberbecer, magnificar a puntos inalcanzables, describir con elocuencia inexpugnable e implacable haciéndonos pasar una calculadora con capacidad para relatar su historia en lugar de un verdadero corazón inspirado y conmovido. La formalidad contiene la explosión interna a la que asiste el organismo al sentimentalizar una idea tan poderosa, delimitando su expresión sincera a un conjunto de cortesías colocadas allí estratégicamente para ello.
Aún así, la consciencia de que no todo es inalcanzable prevalece en la inocencia de la niñez. Si cada hombre encarna un niño en sí mismo y la obligación es no olvidar a ese niño, ¿por qué se lo puede ver sólo como un aspecto lúdico emancipado de obligaciones? Fácilmente podría intentar retener la capacidad de asombro de dicha etapa, por sobre el resto de los fenómenos entrañables. De esa manera no sería moralmente aceptable conformarse con una injusticia que ha perdido su virtualidad de asombro frente a la habitualidad de la misma. La costumbre es susceptible de ser malvada, porque también nosotros podemos serlo al acostumbrarnos a una injusticia; y ella depende de nosotros, mientras aún podemos prescindir de la que no nos guste. Nos acostumbramos tanto a las guerras que hasta les pusimos nombre, como si fuera una mascota más.
La naturaleza de la guerra es la expresión adecuada para saber lo que sucede en el microuniverso cerebral cuando chocan las ideas con los mandatos morales programados en su sinapsis. Para volver a sensibilizarnos otra vez acerca de la muerte. Que calentada o asada puede ser el néctar y la ambrosía del Dios Hombre, cosechador de lo que la domesticación de animales ha puesto sobre su cocina para saciar su apetito instintivo. Y parado ahí mismo, en el centro de una gran ciudad, mirando esa publicidad, la sombra que proyecta, la felicidad que intenta transmitirle y el motivo que lo llevó a mirarlo: volver al Sol; porque no hay rostro cuyo propósito haya sido buscarlo para recibir el calor y la luz del mismo, y que no haya sonreído al sentirlo en la piel.
Esa hornalla gigante en el cielo también nos cocina lentamente.
Y otra vez, carne asada...
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