Es común asistir a construcciones retóricas que se ensayan para ubicarse en ser anteriores a cualquier novedad, originarias de un lugar de la lógica que trasluciría el prístino origen que torna irrefutable su manifestación. Hablar en términos que remontan a lo ancestral, lo tradicional y lo originario es la base de su irrefutabilidad y por tanto, estaría dotado de una inevitable pertenencia a lo Real (si, con mayúsculas).
Cualquier camino de descubrimiento de las verdades colectivas está minado por accidentes y choques entre realidades indomables e inasibles que escapan a los sesudos mandatos morales que trae consigo la construcción retórica ancestral en cuestión. La pertenencia a las escuelas de pensamiento filosófico, político o religioso puede hacer creer que las líneas de pensamiento básico hacen a la realidad de toda la humanidad y que, por ello, no pueden estar alejadas de la realidad.
Es posible asistir a una interminable plétora de cultos religiosos que afirman poseer la última revelación sobre los acontecimientos actuales; sin embargo, son los cultos tradicionales quienes se embanderan doctrinariamente como los poseedores de la verdad. En términos contemporáneos, serían quienes tienen probada la vacuna contra el COVID-19 y pretenden que nos la inoculemos. El peligro de este pensamiento no entraña una afrenta contra el propio cuerpo o contra la libertad individual, sino que en cambio se presenta a sí mismo como el último refugio de la dignidad de una colectividad que, ya extraviada, no tiene refugio.
Quienes manifiestan no pertenecer a ningún tipo de culto doctrinario ni filosófico dicen ver que hay un cierto extravío cuando quienes no pueden dominar el más mínimo de sus impulsos nos traen en bandeja las formas y métodos que habrían de solucionar nuestros bemoles sociales. De suyo, una creencia religiosa se arraiga en la más profunda intimidad personal y no significa, por mas que se esfuercen, que esa intimidad deba ser parte de la intimidad ajena, también. Cada estrategia empleada por los colonizadores de vidas ajenas supone una posesión demoníaca que hace al colonizado hablar en lenguas que no conocía ni había estudiado y violentarse, a su tiempo, contra todo lo que pueda amenazar sus principios inmutables.
Entonces, ¿cómo es posible que las religiones del libro prediquen, al mismo tiempo, la unidad de la especie humana como respeto al creador y la necesidad de exterminio de los detractores de los postulados que las identifican? En los tiempos de la oscura Edad Media, la Iglesia Católica creó La Santa Inquisición con el objeto de velar que, en la sala de tortura, se respetaran parámetros mínimos de humanidad y para que, en caso de matar al torturado, tenga cerca un sacerdote para expiar sus pecados antes de morir. Posteriormente, la Santa Inquisición ampliaría su ámbito de acción y perseguiría a los detractores de la "santa doctrina" para que, de no arrepentirse de ir en contra de ella, tengan a bien prepararse para conocer lo más pronto posible a su creador.
La confusión de los límites interpersonales es en la actualidad el centro del debate, según puedo interpretar. La máxima que expresa "los derechos de uno terminan donde empiezan los del otro" jamás estuvo tan en debate como hoy. En un escenario en el cual es necesario articular colectivamente para poder salvarse mutuamente no son las doctrinas salvadoras quienes habrán de premiar a los seres humanos. En su lugar, se imponen una serie de acciones colectivas dotadas de cientificismo capaces de cooperar en una salvación. "La Salvación" en términos religiosos y científicos son hermanos gemelos de padres separados: ambos provienen del mismo vientre pero batallan entre sí para dominar la atención de los padres en este presente de divorcio.
Toda vez que expresarse en términos públicos sobre las acciones colectivas a seguir, la responsabilidad de las instituciones en determinado tema y la afectación de derechos ante una decisión proveniente del poder constituye de por sí un posicionamiento político más fuerte de lo que cualquier apolítico quisiera admitir a su auditorio. Pues, el hecho de que no te guste el fútbol y ver los partidos no configura una contradicción en absoluto; sí lo sería ser un detractor del deporte y enfrascarse en una batalla encarnizada sobre si jugar con doble 5 o con línea de 3 al fondo. Se nota la diferencia, ¿no?
En última instancia, perder el miedo al ridículo no implica no hacer el ridículo en absoluto, sino que es sólo perder el miedo. Cuestión no menor. Pero no habremos sido dotados de método científico ni de libre albedrío para mudar de revelación de verdad absoluta conforme aparezca un nuevo profeta; sino para mesurar lo que conocemos con la adecuación a la realidad, para volverla más perfecta, más solidaria y más certera. No debe tenerse miedo a una contradicción si lo que se quiere es ser una buena persona. De egoístas está hecho el modelo y sus mejores alumnos son mayormente amorales.

Genial wally! Mato el final!
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