Los conocimientos ordenados de forma sistemática y comprobable que, trazando una línea de tiempo, hacen que su relato sea coincidente y lógico es lo que caracteriza al conjunto del conocimiento científico. La particularidad del método que sirve de vientre materno al conocimiento es que se basa en la posibilidad de comprobar los postulados teóricos. Parece redundante, pero si ante un hecho se esgrimen sendas hipótesis resulta imprescindible que éstas sean coincidentes con los hechos; en caso contrario, quedarán alojados en lo que Platón denominara el mundo de las ideas.
En el camino del conocimiento la imaginación cumple un rol central. Mediante la observación se puede acceder a los efectos de determinado fenómeno y con base en ello dar rienda suelta a la inventiva para determinar las causas del mismo. La naturaleza humana dotará a cada persona de ideas distintas y por lo tanto de la posibilidad creativa de procedimientos distintos para llegar al mismo lugar: las causas.
Todo lo inevitable que la realidad pudiera ser se vuelve una absoluta locura cuando sobre ella se montan ideas sin sustento de ningún tipo pero que suenan lógicas por su orden. Cada inventiva y situación de hecho tiene la posibilidad de imperfeccion y como tal ser objeto del señalamiento de los puntos flacos que adolece.
Desde el abadono del paradigma de la autoridad como revelación de la verdad absoluta, todo lo que nos rodea ha tomado carácter relativo y es por ello que hasta el mejor de los hechos puede tener contraindicaciones en los prospectos. El camino del descubrimiento de la verdad se convierte así en la verdad relativa que es susceptible de cambiar y por lo tanto es tratar de cruzar un puente en el que aún cuando la madera que pisamos parezca firme será necesario una corroboración continua.
En la actualidad ultra hiper informada y conectada se torna sumamente difícil dilucidar las fuentes de información confiable de aquellas que sólo buscan provocar una reacción en quien la consume. El fenómeno conocido como sesgo de confirmación cumple la función (anti) lógica de navegar sobre el océano en busca de información pero, en su lugar, sólo favorecer aquella data que confirma las creencias previas.
El fenómeno de la Posverdad es por tanto su hermano gemelo en toda esta confusión y concluye determinando el comportamiento y las decisiones de gran parte de las personas que están apresadas bajo ellos.
No escribo estas líneas con la intención de decirle a quien lee lo que tiene que hacer ni tampoco con la intención de señalar y condenar a quienes forman parte de los grupos emotivizados de la posverdad. Participar de una acción grupal, por los motivos que fuere, es lícito y debería hacerse más a menudo. El contacto entre personas que piensan igual y aquellas que piensan diferente es posible desde siempre, y ello tiene más que ver con quiénes somos como personas antes que lo que creemos saber.
Suele pasar que alguien que se encuentra en las antípodas de nuestro pensamiento cuenta, sin embargo, con todo el afecto que podemos prodigar a un otro y las mismas imperfecciones que vemos en las personas que somos capaces de detestar están presentes en los primeros, pero optamos por ignorarlas. No hago un llamamiento al amor incondicional, sino más a que cada cual encuentre la forma de explicar lo mejor posible cuales son los lugares ideológicos, filosóficos y políticos en los cuales se encuentra contenido sin necesidad de que quien esté parado enfrente deba ser necesariamente una mala persona.
La mala información puede provocar irritabilidad. Eso lo podemos llegar a trasladar a la persona que la porta. Y no entender eso es lo mismo que matar al mensajero.
En el mundo hay pequeñas amenazas que, dramatizadas correctamente, son objeto de la condena inmediata. Así es como países que no superan los 50 millones de habitantes y que no representan la 1% del PBI mundial se han convertido en la amenaza que se cierne sobre el planeta cual espada de Damocles, condicionando las democracias de todo el mundo. Venezuela y Corea del Norte son, así, los agentes infernales de un mundo que está más cerca de la intolerancia que de la convivencia. Abundan los capitanes america de cabotaje que no vieron los despojos del sistema mendigar dignidad a su lado pero si vieron el peligro norcoreano amenazar los ideales. Menuda preocupación, amigo...
Si a nuestro alrededor se desmoronan las vidas de miles de niños y niñas, los mensajeros del Ministerio del Amor Orwelliano estarán prontos a señalar a los traidores. El error fue siempre creer que quien nos oprime es el Estado (que podemos legislar y usar) y no los agentes económicos, que de no ser por la ley estarían prontos a poner a hacer que su fortuna pueda valer la vida de los segmentos más desprotegidos de nuestra sociedad. Mientras más apelen a la libertad de empresa mayor será el ahínco de subyugación a lo colectivo. Para muestras, un botón:
Una vez más, no es este mensaje quien pretende decir hacia donde debemos orientar las conclusiones de nuestros pensamientos, sino que somos susceptibles de reorientar las premisas sobre las cuales los basamos. En ningún lugar de la psique humana debería ser posible pensar que un norcoreano o un venezolano puede más que la banca internacional o un portaaviones.
Si llueven bombas en algún lugar del mundo, desde la caída del muro de Berlín hasta acá, hay una única nación cooptada por intereses claros capaz de dar la orden para "traer la lluvia". Ésta última expresión era utilizada por los soldados norteamericanos para pedir apoyo aéreo y llenar de napalm las selvas vietnamitas... y aún así perdieron...
¿La culpa es del norteamericano promedio que se viste en Wal Mart y desayuna en McDonald's? Obvio que no. Decisiones semejantes se toman desde sillones poderosos que no venden en el sector de muebles de interior del afamado supermercado ni forman parte de las facilidades dispuestas para comer una hamburguesa a precio módico.
Negar éste análisis es un derecho humano. No hacer nada si se tiene plena consciencia de ello, una irresponsabilidad. Propiciar el exterminio de los semejantes, una hijaputez.



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