La identificación personal es un acto complejo al que abordamos desde los contrastes, las elecciones, los gustos, las virtudes y, muy pocas veces, desde los defectos. En este último caso, cuando se escucha con atención los discursos megalómanos que se suelen hilar para defenderse, los defectos se convierten en virtudes encubiertas. La sinceridad, la frontalidad o la verborragia, por dar algunos ejemplos, habitan la frontera de la palabra "depende". Depende de cómo se use.
Formamos parte de una norma social que glorifica la autoflagelación consciente como un acto de sinceramiento descarnado y que trae consigo la intención de lograr un cambio de visión en quienes nos interpretan, induciéndolos hacia la misericordia. Nadie quiere ser juzgado sin piedad. Agudizar las diferencias y contradicciones personales es también un método de mejoramiento válido pero no todos los deméritos pueden ser objeto de la misma metodología.
Identificarse a través de los gustos, de las ideologías, las doctrinas, los hábitos y las elecciones gastronómicas o sexuales es lo más difundido entre quienes se encaminaron a ser mejores en los tiempos de las redes sociales. También es el punto de ataque de quienes condenan las identidades desde esos mismos lugares y esas mismas elecciones. Mayormente se atacan los gustos, las ideologías, las doctrinas y las elecciones sexuales antes que el resto de las elecciones. Y se realiza desde una aparente defensa de algo que se transforma en una idealización.
Abordar una identificación desde los hábitos de consumo me parece, como mínimo, peligroso; un síntoma de la alienación sistémica de la que somos objeto. Es evidente que allí existe un triunfo de los vendedores de ilusiones. En "El Club de la Pelea" la película dirigida por David Fincher, basada en el libro de Chuck Palahniuk, el personaje de Brad Pitt lo dice mirando a la cámara en un cuadro picado y perturbador: "No eres tu trabajo, no eres tu cuenta bancaria, no eres el coche que tienes, no eres el contenido de tu billetera, no eres tus malditos pantalones... ¡Eres la mierda cantante y danzante del mundo!". Quienes pudieron ver la crítica intrínseca que esta película significa bien podría entender toda este escrito pero no habrá de perder de vista jamás que tampoco estamos exentos de volvernos locos. Si no la vieron, dejen de leer acá y vayan a verla.
En muchas ocasiones nos traen a su Dios para argumentar condenando la intimidad de los demás. Pareciera ser que eso de que está en todas partes es una virtud con carácter transitivo a los fieles y los habilita a meterse en la intimidad de los demás para juzgarlos. Y no importa que este proceder haya sido expresamente desalentado por los textos del profeta del Cristianismo, aquellos que no tienen como centro de su existencia la consideración divina son también condenados al mismo lugar. Es así como, antes de morir, comunistas, ateos y homosexuales, por ejemplo, son relegados a las torturas infernales que ese empleado de Dios que es Satanás tiene listas para ellos. Curiosa división del trabajo pues pocas son las veces que vi a alguien que conspire contra el plan de su enemigo tratando tan mal a quienes por definición deberían ser aliados suyos.
El verdadero elemento de tortura satánica no es ni más ni menos que el juicio moral sobre los otros. Esa, y no otra, es la verdadera condena. No somos capaces de acceder a otros niveles de consciencia que los que vivenciamos o comprendemos y, si en vida, una persona ya está condenada a pasar su muerte como el reverendo ojete, mejor entonces que siga viviendo como venía sin preocuparse demasiado. Conforme más adentro de la potestad judicial religiosa estemos más cabrones podemos ser.
Y si bien hay filosofías y prácticas que dicen otorgar el acceso a niveles de consciencia superiores, para mí, se torna contradictorio que al ser éstos niveles de carácter inefable (es decir que no puede ser dicho, explicado o descrito con palabras por tener cualidades excelsas o por ser muy sutil o difuso) pueda ser transmitido fácilmente por uno o una que acaba de leer algo que hace alusión a ello. El acceso a estos niveles, una vez más, forma parte de una intimidad que es condenada por la mayoría de las doctrinas e ideologías hegemónicas conocidas y que a su vez, también están vendiendo un nivel de consciencia y protección aparentemente superior. Como en la economía de mercado, están compitiendo por consumidores.
Los gustos personales, lícito es decirlo, no representan identidad alguna; por más que se hagan los esfuerzos intelectuales para explicar su predominancia por sobre el resto. Las percepciones y hechos que conmocionan y conmueven al receptor de determinado mensaje son de índole personalísima y cualquier obra de arte podría provocar similares sensaciones y sentimientos, penetrando las fibras más sensibles de quien observa o escucha. El golpe es aún más fuerte cuando la obra que nos interpela en cuestión proviene del lugar menos pensado.
La definición personal por aspectos externos es ridícula. Aún así, la identificación se produce mayormente en dicho ámbito y sería importante relegar la megalomanía para más adelante. No es posible definirse desde aspectos externos. Cualquier esfuerzo de identificarse por ello no constituye hipocresía cuando no se hace de ello la fruta del Edén.
La reflexión para observarse a sí mismo, ya sea para definirse o para destruirse y recomenzar, es una tarea atemporal, íntima y personalísima que no va a reconocer un momento ideal para ser realizado en vida. Cualquier momento cuenta. Para el que lee esto y para el que no, para el que está de acuerdo y para el que no... La cuestión siempre fue darse cuenta.
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