viernes, 10 de abril de 2020

Que no te chamuye el encierro

Hoy se ha puesto en boga la postura que sostuve en la anterior entrega de este espacio. Un paseo por las redes sociales motivó que me diera cuenta del detalle y tuviera la obligación de replantear lo que escribí y sostuve. Vea, que una norma interna que guardo es hacer eso: si noto que algo de lo que hago, sostengo o pienso se vuelve cotorreo en los sectores de la humanidad en la que abundan los fanfarrones (una delicia de Narciso, digamos) retomo los pasos y vuelvo al planteo original. En éste caso es un tanto rebuscado traer de vuelta aquellos primeros pensamientos que me motivaron a escribir la anterior entrega, en parte también porque quien redactó y publicó lo hizo víctima de un tiempo y hoy es distinto.

"No hay obligación de salir mejores de la cuarentena" es el adagio del pobre diablo que redactaba mientras todos leían sus primeros libros de Osho y hoy cultivan altares de luz al Marqués de Sade y su Diálogo entre un sacerdote y un moribundo (https://www.biblioteca.org.ar/libros/1784.pdf). Así como el moribundo descree de toda postura esperanzadora del sacerdote es menester retomar el espíritu de ellos y hacerlo padecer el encierro: cada vez que un destino sin suficiente explicación se cierna sobre nuestra suerte habremos de emplear un tanto de apatía para que le de cobijo. Como si las cosas sintieran la actitud con la cual se las está tomando.

Claro que es necesario separarse de todo para poderse visualizar a sí mismos, pero existe la etapa de retorno al grupo social. Para hablar de "grupo social" alcanza con la existencia de un ser humano más, o sea, que aquí no cuentan los antisociales que no tienen contacto con otro ser humano por voluntad propia. 

No es necesario ser original. Los artistas son tales porque de una idea que ya conocemos pueden hacer una obra que la represente. Es volver tangible lo que por definición es intangible. Aunque lo que existe puede tener nombre, orden y hasta función eso no significa que entendamos la razón de su existencia y su origen; esto se vuelve importante porque estamos hablando de que hay una serie de cosas preacordadas y que de alguna manera pareciera ser que todos conocemos. Es mi argumento que: conocerlas no alcanza. Por eso arranca en libros de autoayuda y concluye con obras oscuras sin tener idea de cómo fue el tránsito hacia ese lugar.

Conocer es prender la luz en un cuarto lleno de cosas y no todas han de rendir provecho ni de todas puede uno servirse. De esta manera, una linterna a las 10 de la mañana es provechosa únicamente como adorno, a menos que seamos mineros. Ninguno de nosotros lo es, somos todos reclusos por decreto presidencial y como tal habremos de comportarnos. Aunque muchos se crean cuchilleros sólo afilaron las facas para faenar las pocas cosas productivas que tenían. A esta altura todo lo que nos humaniza empieza a decrecer en sus efectos.

Nadie está a salvo de caer en los callejones del laberinto. Quien diga que lo está, miente. Quien crea que salió, está perdido. Y quien grita ha desistido. Lo único que le interesa al laberinto es que lo atravesemos. Bueno, pues, hagamos eso.

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