Poco se yo de esas siembras,
De esas pocas simpatías,
Que aunque suenen estridentes
No serán de algarabía.
Más el ruido impertinente
No entretiene ya a la vida.
Cual cencerro oxidado
Agrieta la calma del soldado
Que descansa, allí, acodado,
Una guardia matutina.
Y se escucha! Aún rechina!
La potencia de sus días.
Frutos secos en el desierto
Da la vida a los errantes
Lleva su tiempo una máxima:
"¡Sin dolor no hay alimentos!
¡Que lo ubiquen sus placeres!
¡O tal vez sus sentimientos!"
Pues un hombre sin Oriente
Le ha trocado el alimento.
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