Hay una infinidad de asuntos en los cuales no tenemos la más mínima incidencia, y que son trascendentales. Podemos administrar el tiempo, pero jamás dominarlo. Así mismo, con la vida.
Somos meros administradores de algo que tiende a perecer. Algo tan grande escapa a las manos de todos. Luego, cuando el fruto del miedo al 'qué pasará una vez que la vida acabe' nos lleve a crear o inventar algo más grande, con atributos trascendentales y las mismas mezquindades que el peor ser humano, no será de extrañar que los desvaríos coloquen los pensamientos cerca de la idea del Dios celoso y vengativo. Es una forma más de defenderse. De que alguien más sea también responsable. La culpa consciente y el tránsito solitario de ella deja profundas cicatrices; no suele ser una experiencia agradable, aún cuando su tránsito aleccione en muchos aspectos.
La suma de toso los miedos resulta en fantasías. Y nada como otra fantasía para controlar a las matemáticas de los asustados.
Para defendernos de la vida debimos crear el tiempo. Para defendernos del tiempo debimos crear a Dios.
Y al fin, la existencia misma es el enemigo.
De allí el amor a los enemigos.
La suma de toso los miedos resulta en fantasías. Y nada como otra fantasía para controlar a las matemáticas de los asustados.
Para defendernos de la vida debimos crear el tiempo. Para defendernos del tiempo debimos crear a Dios.
Y al fin, la existencia misma es el enemigo.
De allí el amor a los enemigos.

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