domingo, 4 de octubre de 2020

DEM MYSTERIIS

Las luchas intestinas entre la realidad y la voluntad de entenderla forman parte de la realidad cotidiana. Miles de herramientas nos son provistas a diario para abordar el estudio correspondiente pero, a la vez, somos bombardeados por estímulos audiovisuales que ejercitan los músculos aspiracionales de la moral, esos que se encargan de ubicar al ego por sobre los hombros posibilitando que ciertos humos se suban a la cabeza. En los hechos, y con una mirada poética, no somos mas que la bolsa llevada por el viento que tanto asombró a los protagonistas de Belleza Americana y que los llevaba a la hipnosis que sólo los sucesos inenarrables pueden despertar.

El cebo de que despierta los estímulos están dados, como dije, por elementos audiovisuales. Te ponen gente sonriendo mientras toma yogurt, contrae un préstamo hipotecario, contrata una prepaga o se toma un Uber. Esto no representa sólo un análisis: cualquier manual de marketing le explicaría al lector en el primer capítulo que lo que se está tratando de vender no es ya el producto en sí sino la experiencia de consumirlo. Una vivencia distinta y distintiva que nos eleva por sobre el resto. No se trata de soluciones a la vida sino de aditamentos necesarios para elevar algo. Por ello, los mandamientos de la religión católica identifican los músculos a los cuales cualquier vendedor apunta para meternos un producto o una experiencia. Los medios de comunicación funcionan así. ¿Cómo no funcionarían así también los intervalos entre los contenidos televisivos? ¡Esos que llaman publicidad!

Nos ceban para consumir. Pero no sólo se consume el producto pues estaría quedando fuera el estilo de vida que el producto en sí representa. Es menester, entonces, demostrar que se posee el estilo de vida en cuestión y hacer público el hábito de consumo o el derecho de propiedad sobre algo. Las redes sociales se transformaron así en el suplemento sociales de la vida cotidiana, en el cual todos exponen aspectos de su intimidad que jamás fueron preguntados ni requeridos por nadie. La estrategia sistémica es hacerte parte de una manía colectiva en la que todo el mundo abre la puerta de su habitación a una serie de desconocidos.

Cada expresión de aprobación en cualquier red social estimula al autor del post, tweet o publicación a continuar en el camino que se trazó. En psicología se lo conoce como estímulo positivo. Conforme más aprobación tengan más estarán dispuestos a revelar y poner bajo el ojo vigilante del fisgón de turno que dará like o fav sentado en la taza del inodoro, en el mejor de los casos. La ausencia de la aprobación generará el vacío de la no pertenencia y traerá consigo a los súcubos de la intrascendencia.

De ésto se puede desprender el consecuente vacío existencial que habita en las personas por estos días y que los psicólogos diagnostican muchas veces como depresión. Cientos de talentosos artistas, políticos, músicos, escritores y profesionales han sido presa de dicha enfermedad antes del advenimiento de las redes sociales, pero es posible rastrearlo en la inconformidad provocada por la aspiración sistémica que se ha hecho del personaje público. Quienes fueron capaces de dar buen y fiel testimonio del tránsito de la enfermedad han trascendido hacia las masas que recibieron y difundieron su arte. De forma más o menos compleja, más o menos acertada, hicieron que la musa correspondiente les insulfara el hálito de vida necesario para poner fuera de ellos lo que el vacío provocó. Poemas, canciones, diatribas, ensayos, pinturas y tantas expresiones más pueden relatarlo sin explicarlo tanto como intento hacerlo acá.

Es posible demostrar en consecuencia que se puede ser Kurt Cobain, Robin Williams, Chester Bennington o un pelandrún cualquiera y ser objeto del vacío al que se arrastra al Ser cuando no logra asociar felizmente lo que siente y entiende con lo que tiene enfrente. Y también que la solución que ellos encontraron ante el vacío fue no volver a sentir en absoluto.

Puede sonar a conspiración pero en realidad es descriptivo decir que el funcionamiento del sistema está alentado a inspirar lo peor de cada hombre y cada mujer al prometerle llenar ese vacío. Se trata de un fenómeno que crece a medida que el sistema presenta las soluciones a las urgencias banales de posesión de bienes o aprobación. En su libro "Sapiens. De animales a dioses" el autor Yuval Noah Harari traza el íter del Homo Sapiens y cómo, la distintas revoluciones colectivas, lo han llevado a saciar sus necesidades más básicas avanzando sobre lo que lo rodea sin medir las consecuencias. Desde su estado de cazador-recolector, pasando por la revolución agrícola que logró los asentamientos permanentes que dieron lugar a las grande urbes y desembocando en la actual revolución tecnológica que posibilita que un keniata sea amigo de un japonés y comparta en tiempo real lo que está haciendo.

La correspondencia entre lo interior y lo exterior es una necesidad no satisfecha del todo. La proliferación de doctrinas y filosofías orientales que definen al ser desde el no ser desarrollan una concepción que se desprende de toda definición personal que implique hacerlo a través de lo que se tiene, se pregona o se sostiene. Es decir que en realidad somos el vacío y no es menester llenarlo. Jorge Bucay escribió un cuento conocido como "La Ciudad de los Pozos" en el que, a mi parecer, explica de manera más acabada lo que considero una forma lícita y relativamente efectiva de lidiar con ciertas cosas. Se los dejo acá

Aunque traguemos toda la filosofía occidental desde Sócrates hasta Foucault, nada resulta totalmente satisfactorio para encontrar los modos de armonizar las ansias provocadas. Pero es algo. No se puede condenar todo intento a ocupar el casillero de los errores insalvables. Desde el oriente podrán llegar Confucio u Lao Tsé y tardaríamos un tiempo más en darnos cuenta que Gurdjieff es capaz de trasladarnos esa filosofía milenaria de la forma más occidentalizada posible.

Los hábitos de consumo parecieran perfilar la personalidad y el carácter cuando de hecho son las experiencias y nuestra reacción quienes lo hacen. Conocer esto no forma parte de revelación divina ni entraña el resultado de una angustiosa investigación filosófica sino que es ni mas ni menos que una verdad ya conocida, velada tras la apariencia de lo que ya era aparente. Por ello en sus tiempos los Egipcios rendían culto a la diosa Isis que, decían, vivía en la luna. Contaban que estaba escondida detrás de mil velos y que conforme se los descorría se podían ver nuevas fascetas de su fisonomía pero que sería imposible observarla en su totalidad. Menuda diferencia hay entonces entre la verdad velada y la revelada. 

No constituye una simple semántica.

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