Un buen día la cosa por fin se pudrió, pues alguien más había despertado.
Los Búhos habían tomado consciencia de su soledad y se agruparon.
Sus miedos se contaron y del hombre mayormente hablaron.
Hay algo en sus asuntos que menospreciaron y olvidaron.
El enojo provocó airadas conversaciones, ideas y posturas.
Para entender a los hombres había que conocer sus costumbres.
Miraron los cinco continentes para compararlos.
Los vieron distanciados y por ahí los atacaron.
Esos grandes ojos mirando cautivos el poder del dedo pulgar.
Su arrogancia y su piedad de saberse superiores.
De seguro un Búho ha de ver más allá...
¡Prepotentes mal amados, habremos de exterminarlos!
¡Sobre ellos caed, bandadas enfurecidas!
¡Estrellarnos de una vez para matar su cuerpo!
¡Donde habita su corazón: justo en el pecho!
Y atacaron por miles, asestando furiosos impactos.
Sin jefes asolaron ciudades y poblados por igual.
El ruido de los Búhos volando podía oírse a oído pelado.
A decenas de kilómetros, un zumbido insano.
Inteligencias y consciencias al servicio de la muerte.
Amando al dinero que las posee,
Que las corroe...
¡Y ahí vamos por ustedes, manojo de traidores!
¡Vamos por lo que quedó, lo que dejaron y contaron!
¡Hagan lo que puedan, no asustan sus armas!
¡Vinimos a por todo aquello que no suele salir de sus almas!
El miedo aumenta ante la desolación de perder en tamaño y fuerza,
Es el lamento de sus consciencias al mirarlos darse cuenta
De que pueden defenderse abrazándose, protegiendo sus rostros en hombros ajenos.
Si el dolor era mucho tenían alguien sobre quien llorar, también.
La espalda de los hombres está hecha para aguantar y levantar.
Podremos golpear miles y por más miles de Búhos también caerán.
Y a pesar de no derramar sangre fuera de sus cuerpos,
Los Búhos supieron hacerlos llorar de miedo y abrazarse para consolarse.
Obligaron a los hombres a proteger sus corazones unos a otros.
Ya ninguno está perdido, pues intentan no estar solos.
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