domingo, 6 de septiembre de 2020

En el buzón

El ser humano es un animal social. Requiere para desarrollarse los estímulos del contacto unos con otros para, por ejemplo, descubrir diferentes formas de hacer las cosas, de expresarlas, de entenderlas y de desarrollarlas, y que hacen de él o de ella un ser más completo que el que era antes de entrar en contacto con otra persona. Esto es así desde que la historia de la humanidad se evidencia a través de los siglos en un gregarismo necesario para la salvaguarda personal y colectiva; primero, por el estado de indefensión en el que nacemos, y segundo, por la forma en la que están dispuestas nuestras defensas naturales: no poseemos grandes garras ni colmillos y nuestra fuerza, en comparación con la mayoría de los animales que comemos, es muy inferior. Aislados, creyéndonos un puma de montaña, seremos presa del estado de naturaleza. Nuestra evolución nos ubica unos junto a los otros para complementar los aspectos y actividades que no somos capaces de realizar por nosotros mismos.

En la actualidad, el sistema económico en el que vivimos se presenta como el gran solucionador de muchísimos aspectos que son necesarios para una convivencia pacífica: poder tener cada comida, cada abrigo y necesidad resuelta sin tener que proveérsela a sí mismo en su totalidad. El complejo sistema de producción posibilita que sea a través del dinero la forma más eficiente e inmediata para obtener los bienes y servicios que son menester para subsistir. Esta nueva era de las tecnologías le agrega los delivery que pueden traernos a la puerta de casa hasta los víveres necesarios para subsistir varios días. Comida, elementos de higiene y de limpieza, medicamentos, ropa, herramientas... Todo lo necesario. En no mucho más tiempo esa tarea será realizada por drones. La aprobación de las autoridades ya ha sido dada para que así sea en algunos lugares del mundo (https://www.iprofesional.com/tecnologia/322856-amazon-esta-cerca-de-empezar-la-entrega-con-drones).

En éste contexto, bajo éste sistema y con las mismas limitaciones que nuestra especie posee desde el principio de los tiempos, se ha desatado en la faz de la tierra una pandemia provocada por una gripe que puso en jaque los sistemas de salud más avanzados del mundo y que, al momento de escribirse éstas líneas, no tiene cura, tratamiento ni vacuna totalmente desarrollada. La respuesta de quienes entienden sobre epidemiología no ha sido muy diferente a la que se diera en la última gran epidemia de la gripe española: aislamiento y distanciamiento social. Algunos le dijeron cuarentena. Allá ellos.  Aquella gripe logró eclipsar a la Gran Guerra, frenando el avance de ejércitos enteros por las bajas provocadas. Demostró ser más poderosa y determinante que las armas con las que se peleaba. Hay quienes sostienen que gran parte del final de la Gran Guerra tuvo que ver con la aparición de la gripe española, pero es más acertado sostener que fue la guerra en cuestión la que catalizó la dispersión del virus a lo largo y ancho del mundo.

La recomendación de aislamiento y distanciamento social se transformó en una norma impuesta desde los Estados y la vida cotidiana tal y como la conocíamos se transformó, de un día para el otro, en una total ausencia de vida en los espacios comunes: el ruido incesante de autos y camiones circulando sobre las grandes autopistas desapareció, las calles de las ciudades se vaciaron de visitantes, paseantes y turistas a la vez que se decretó un estricto protocolo para poder hacer usufructo de los espacios públicos. Se prohibió la apertura de locales comerciales, clubes, iglesias y aeropuertos. Todo parado. Dijeron, en un principio, por 15 días.

Desde ese día hasta ahora han pasado 160 días. El aislamiento ha provocado estragos en las psiquis de quienes necesitan de cierto esparcimiento y contacto humano para mantener la cordura y el equilibrio emocional. Estos mismo seres hoy eructan discursos que pueden perjudicarlos y deciden por propia voluntad violar una recomendación sanitaria que, está probado, reduce y minimiza el contacto y el contagio con el virus. Algo que puede ser probado de manera muy rudimentaria y que no requiere de complejos análisis de laboratorio para demostrar su eficacia es hoy el principal escollo para la salud mental de muchas personas a lo largo y ancho del planeta. El virus se transmite a través de pequeñas gotitas de agua que expelemos al hablar, al respirar o al estornudar. Y es la gravedad terrestre lo que, una vez habiendo perdido su fuerza de lanzamiento inicial, atrae las gotas al suelo. Si no estamos al alcance de las gotas que contienen el virus no seremos infectados.

Amén de las consecuencias neurológicas que éste es capaz de provocarnos aún sin haber padecido en profundidad los efectos de esta gripe, es mejor no contagiarse de una enfermedad que no tiene cura antes que probar la suerte contra un virus que no conocemos. (https://www.diariouno.com.ar/coronavirus/infectologo-alerto-las-secuelas-del-n576094)

Nuestra especie no corre peligro de extinguirse totalmente. Ni de cerca. Ni siquiera parcialmente. El índice de mortalidad es muy bajo y son más los recuperados diarios que los fallecidos diarios. Sin embargo, la urgencia de encontrarse libres de toda atadura predomina en el ánima de quienes ya no toleran el encierro ni el aislamiento. Como seres sociales, nos encontramos en la encrucijada de dejar que todo lo que nos rodea sea solucionado por el Sistema con soluciones que escapan de nuestro control y, mayormente, también escapan de nuestro entendimiento. Pocos saben y son capaces de entender del todo cómo operan los anticuerpos que se generan una vez inoculada alguna de las vacunas en fase de prueba, de explicar cómo operan los agentes químicos a nivel microcelular o de reconstruir las cadenas de ARN que son necesarias para la comprensión y solución del problema en su nivel crítico. La mayoría de nosotros se conformará con algún científico a quien otorgue su confianza y será inmunizado por una vacuna. Así las cosas, las suspicacias no se detienen.

En ésta era de las comunicaciones, Pablo Vega o como mejor se lo conoce Pablo a la Mazmorra, un ex preso que cumpliera cerca de 20 años de encierro producto de las sucesivas condenas por delitos comunes publicó en el portal de videos YouTube sus cinco recomendaciones para sobrellevar el encierro. Al explayarse acerca de su experiencia en los denominados buzones (celdas de castigo) dio fiel testimonio de lo que ocurre en el cerebro y en el cuerpo de quien se encuentra aislado de esa forma; salvando las distancias existentes entre un calabozo de una carcel común y una casa con conexión a internet, claro está. Los seres humanos, en tales circunstancias, son reducidos a una mínima expresión y su tolerancia a los fenómenos que los rodean es cada vez más baja. La irritabilidad sosiega cualquier tipo de miedo a la muerte y es preferible dejarse llevar por los impulsos primarios en lugar de reflexionar acerca de las razones que justifican la abstención de romper el aislamiento. Una especie de condena autoimpuesta.



Sostener en los tiempos que cursamos que el estricto respeto de las recomendaciones sanitarias es la llave para la salvación de la especie se ha transformado en un discurso atemporal y sin contenido. Quienes vociferaron ante el avance de la Pandemia en los tiempos previos al aislamiento son quienes hoy sostienen que ya no son capaces de tolerar las condiciones del mismo. Pedían una solución y no un nuevo problema. Los chinos bien dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea. Y, de nuevo, somos vícitimas de un miedo que no alcanzamos aún a comprender cabalmente y que, de sostenerse los factores objetivos que hoy nos dominan, ésto que estamos viviendo cada día será en el futuro lo que denominamos "la normalidad".

El espíritu de rebeldía ante una realidad que no nos complace y no nos contiene de manera satisfactoria es una virtud humana que impulsa la especie a mejorar y cambiar el entorno que lo rodea, de manera tal de hacerlo mejor, más perfecto y más agradable. Ese cambio vive en la realidad del futuro y en el presente de nuestras mentes. La espera podría durar lo mismo que ha durado hasta ahora. Tal vez hasta podría durar el doble.

Ya no se trata de elegir sabiamente cuál es el mejor camino sino el que menos daños provocará. Pues, el mundo es ahora mucho más pequeño que el que conocimos. Y cuando volvamos a él, tampoco será el mismo que dejamos atrás. 

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