Pues, resulta necesario dadas algunas circunstancias, relevarnos del pensamiento para entrar en la actividad que ocupa nuestra atención, provocándonos lagunas interplanetarias, para hilar así, una mejor idea. Probablemente no sepamos de qué, por qué, ni para qué buscamos eso. Incluso, creo que nunca me detuve a pensar sobre por qué retirar por momentos el pensamiento y colocarlo en el congelador, para devanar los apetitos de las sensaciones, en alguna adicción química que nos condene o simplemente nos altere para olvidar que la realidad nos invade.
A veces creo que el cerebro sería un sistema de engranajes que deben ser cuidadosamente vigilados, aceitados (para evitar el herrumbre) y, en algún momento, será apagado... sea por la inevitable mano de la muerte, sea por la muerte voluntaria durante algunos instantes o, peor aún, por lo que reste de vivir. Redundar sobre la vida y la muerte resulta una actividad ociosa, que no me ocupa en este momento.
Pensar o ser pensado, divagar y hablar en vano, almorzar o ser almorzado... ¡Cuan distintas son las cosas si las situamos distanciadas por circunstancias! Ideas macabras y geniales nos bombardean constantemente. Las dejamos pasar y les ofrecemos algún consomé o las expulsamos violentamente hacia el espacio, "¡que alguien más se ocupe de vos!" le gritamos. Se van. Pero cual si hubieran ingresado cubiertas de pintura indeleble y de color chillón, su ausencia nos convierte en nostalgicos. Las preguntas se suceden y las respuestas no. El ánimo nos hace una zancadilla más. Y muchas veces (o tal vez siempre) las salimos a buscar, como enamorado de producción fílmica americana, corriendo bajo la lluvia y gritando su nombre. La imagen que tenemos de nosotros se torna estúpida, débil y huidiza de sus mejores momentos. Nos conmiseramos de nosotros mismos y sentimos aún más pena. La empatía sobre uno mismo suele ser destructiva, cuando menos nociva... pero sentimos que nos sirve de algo, aún no sabemos de qué. Siendo la empatía algo que se siente respecto de las situaciones de los demás, parece un absurdo utilizar "empatía sobre uno mismo". Y he ahí también mi punto: quien hace ésto, intenta verse desde el punto de quien está fuera de sí, viendo cómo se ve. Allí, puede suceder que le guste la idea de victimizarse (mayormente) y apiadarse de sí mismo. Grande es la decepción cuando los demás no prestan atención a nuestra "llamada de auxilio" y nos sentimos aún más miserables. El auxilio de las frases que explican la existencia asaltan nuestra miseria y nos susurran al oído "por algo suceden las cosas". Y presas de una droga elaborada, vendida, consumida y digerida por nosotros mismos, caminamos zigzagueantes de un extremo al otro.
El sueño pareciera ser la solución a muchas cosas. El sueño del amor, de la justicia, de los finales y de los comienzos. Soñar sobre ellos nos hace sentir que hay posibilidades de todo. En esos momentos el superhombre es en nosotros y la idea pareciera querer aflorar, pero el tiempo (sabio, inútil y desposeído de toda compasión) nos demuestra que las cosas deben germinar. No nos creemos agricultores. Somos científicos de bata blanca, que desmenuzan las circunstancias, las catalogan y les otorgan un valor que, pretendemos, sea eterno. De suyo que, una vez más, nos resultó imposible conseguirnos. "¡Somos finitos, maldita sea!... las cosas no serán eternas". Los sueños huyen una vez más y tambalea nuestro edificio.
Cuando menos lo esperamos aparece la afinidad. Las personas que han sabido excavar en nuestra vida, construir allí su nicho y ocupar un lugar. Más sabiamente de lo que nosotros podríamos llegar a hacerlo, se situaron. En forma involuntaria, allí habitan. Nos hacen seres importantes, interesantes e irremplazables. Allí están. Cual muletas, nos ayudan a caminar; cual soporte nos ayudan a ponernos en pie; cual baldoza floja, nos ayudan a tropezar y, si no hemos tenido la atención necesaria, también nos ayudan a caer... Pero ahí están, son parte nuestra y de nuestras circunstancias. Así, las catársis se suceden una tras otra, convertidas en un alud irrefrenable y cruel, que vuela por los aires los tapujos y nos muestra una vez más débiles. Aunque nuestra debilidad no sea mala, nos hace mal. Aunque no queramos, aunque lo evitaramos y la empujaramos hacia fuera, pues a ninguno nos gusta ser vistos desprovistos de murallas. Nuestro mundo es Constantinopla y sus murallas se desvanecieron como si el calor las hubiera evaporado. No debilitados lo suficiente como para tomar las armas, nos armamos de valor una vez más. "Ahí voy... ¡tómense del pasamanos si no quieren que los arrastre!". Y cual berzerker vikingo, embestimos con la vida, con las ideas, con los problemas, con las tribulaciones, con nosotros mismos y con el universo.
Poseídos de una embriaguez de confrontación, el mundo nos recibe. Nos toma, mastica, escupe y devuelve al basurero. ¡Pero no nos reconocemos basura, nunca lo seremos! Y lo enfrentamos una vez más...
Así, sin darnos cuenta, transcurrió una vida frente a nosotros. Entre muchas otras circunstancias. Nos maltrató y nos mimó, cual madre a su hijo...
¿Y ahora?. Ahora, pues, voy a dejar éste relevamiento del pensamiento... voy a enfrentar al mundo, poseído una vez más.
Aunque muera en el intento.
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